El viejo llevaba algo menos de un mes viviendo con la única compañía de su maldita soledad.
La voz grabada anuncia:
Próxima parada: Colón

En el asiento del autobus saboreaba, con antelación, los únicos momentos felices que le esperaban, los mismos únicos momentos felices de todos los días.
Aunque cada vez más le doliese arrodillarse, los años debílitan, limpiaría todo, cogería cada hoja, quitaría el polvo, eliminaría todos los indicios de la lluvia del día precedente. Para esto, llevaba consigo una bolsa del supermercado con una botellita de plástico llena hasta la mitad de agua y jabón, una esponja para limpiar y unas bayetas para quitar el polvo.
Y haría todo esto con mano temblorosa, no por la edad sino por la emoción, sí, emoción, la misma que, hasta hacía un mes, probaba cada vez que, sentado con ella en un banco del parque, le quitaba una pluma caída de un nido o arreglaba un rizo rebelde. Cada vez aprovechando la ocasión para acariciarle la mejilla con trepidación.
Próxima parada. Correos

Emoción, sí, a pesar de los sesenta y tres años de boda, era exactamente esto, emoción, un sentimiento casi desconocido, más bien, un sentimiento que, a menudo, escondemos por vergüenza tras un silencio cohibido. Y cuando nos damos cuenta de que quisiésemos hablar, nos falta el interlocutor; es tarde, demasiado tarde, irremediablemente demasiado tarde, y nuevamente nos entra la vergüenza, pero esta vez en nuestros interior, contra nosotros.
No era el caso del viejo que siempre había sabido exteriorizar sus sentimientos. Por otra parte, imposible no hacerlo, ya que su amor por ella era tan grande que, desde el comienzo, cada vez que la contemplaba admirado, le rebosaba de los ojos haciéndole resplandecer la mirada, la misma mirada de ahora, iluminada por la espera.
Próxima parada: Salvador Dalí

Cuando todo estuviese en orden, sentado en un cubo volcado, el mismo utilizado para cambiar el agua de las flores, hablaría con ella. Hoy le recordaría la primera excursión a la montaña juntos, disfrutando del viaje en camión que Juan, su amigo albañil, tenía que hacer para llevar material a una aldea para una casa en construcción.
La verdad, fue poco romántico el viaje en la cabina los tres, con Juan que estuvo todo el tiempo hablando por los codos, pero ¡qué día inolvidable! Cuando Juan se quedó en su trabajo, fueron, a la carrera, a lo largo del sendero que salía de la aldea hacia la montaña, a la búsqueda de un lugar tranquilo.
Luego hubo besos y suspiros.
Próxima parada: Obispo Soler

Y a la carrera también la vuelta a lo largo del mismo sendero, para llegar a tiempo a la cita con Juan al que, por nada del mundo, habría hecho esperar. ¡Cómo corre el tiempo!
El viaje de vuelta fue silencioso para no corromper con palabras inútiles el recuerdo precioso, aun bajo el pretexto de unos bocadillos que, llevados consigo en un morral, habían olvidado comer.
¡Ay! el amor,
También Juan había tenido la boca cerrada todo el tiempo, quizás por el cansancio o quizás habían subestimado su sensibilidad y su cariño para los sentimientos ajenos.
Próxima parada: Conde de Buñol

Además le recordaríá, quizás, la primera vez que habían ido al restaurante, bueno, visto con los ojos de hoy, llamarlo restaurante es exagerado, de hecho se trataba de una taberna, decorosa, pero nada más que una taberna.
Llevaban unos años hablando de boda, pero, como a menudo ocurre, una cosa son los sueños y otra la realidad porque, por más que ganaban no conseguían alcanzar una estabilidad económica.
Al comienzo de la comida, el camarero, al traerle el plato, la había llamado “señora”; el “¡ojala!” que se le escapó de la boca hizo reír a todo el mundo pero, quizás, aquel episodio estaba lleno de buenos auspicios.
Próxima parada: General Urrutia

Seguiría el viejo, recordándole que, después de unas semanas, una propuesta de trabajo, con la cual, una vez más, Juan daba muestra de su amistad, le había puesto inesperadamente en la condición de ganar más.
Así, la boda no habría sido nunca más un sueño, sino el comienzo concreto de una larga, larga, larga vida feliz.
Esto pensaba el viejo sonriendo, comprobando otra vez si tendría todo lo necesario en la bolsa. Ya se sabe que el tiempo, corriendo, se lleva la memoria. Estaba todo, estaba contento el viejo porque se acercaba su encuentro, estaba emocionado el viejo porque estaba enamorado.
Próxima parada: Cementerio

La cabeza apenas ladeada a la derecha y apoyada en la ventanilla, el rostro sonriente de quien está satisfecho por haber alcanzado su objetivo.
El brazo izquierdo abandonado hacia abajo, la mano abierta y vacía.
La botellita, asomando de la bolsa caída en el suelo, ahora estaba llena de espuma blanca por los golpes, de hecho rodaba a la derecha contra el sostén del asiento, rodaba a la izquierda contra el pie del viejo, siguiendo el balanceo del autobus.
Las flores tendrán que esperar la lluvia.
Próxima parada: Cementerio

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