Hace muchos, muchos años, yo era niño y papá Noel ya era un viejo viejísimo.
Al comienzo del diciembre aquel le escribí mi carta, de verdad lo hicieron mis padres por mí, porque aún no sabía escribir, pidiéndole unos cuantos regalos, especificando que, entre todos, el que me habría hecho inmensamente feliz era la bicicleta. ¡Mi primera bicicleta!
Mis padres me aconsejaron no abrigar demasiadas ilusiones porque papá Noel no tenía mucho dinero (comprendí mucho más tarde que ¡él también vivía en el postguerra!). De todo modo escribieron lo que yo andaba dictando.

¡Navidad!
Al despertarme inspeccioné toda la casa encontrando muchos de los regalos pedidos, sin embargo, con mi gran decepción, que inútilmente intentaba disimular, de la bicicleta… ni hablar.

Muy avanzada la mañana fuimos, como de costumbre, a visitar una hermana de mi padre, viuda, que vivía con la hija, mucho mayor que yo.
Al llegar, mi tía me contó que algo extraño había ocurrido durante la noche. Despertadas ambas por un ruido, habían ido a la puerta del salón abriéndola despacio, inmediatamente habían oído rumores de pasos en fuga y la puerta-ventana del balcón batir con fuerza.
¡Dos mujeres a solas!
Habían vuelto a la cama esperando a mí, hombre, para ir a descubrir lo ocurrido.

Entré.
En el salón, ya lo habéis adivinado, estaba la bicicleta, con la campanilla, abandonada sobre la mesa aún envuelta, papá Noel, molestado, no había tenido el tiempo para ensamblarla.
Además, huyendo, se había rasgado el manto pues en el balcón había ¡una tira de terciopelo rojo!

Si no fuera por haberla perdida, muchísimos años después, en una mudanza, tendría aún aquella tira, así como aún estoy en deuda con papá Noel, ¡por lo menos el arreglo del manto!

Anuncios