Luto por la muerte de
Juan Pablo González Sánchiz

Después de larga
y penosa enfermedad
nos ha abandonado
para siempre.

Gran corazón, alma sublime,
la viuda desconsolada
llora.

 

Luto por la muerte de
Juan Pablo González Sánchiz

Ha fallecido el hornero de mi pueblo, añado ¡por fin!
Hosco, huraño y, sobre todo, ignorante, eso es lo mejor que puedo decir de él.
Yo soy un individuo tolerante, comprensivo y paciente, logro convivir con todos, soporto a los molestos, me resigno frente a la superficialidad.
Pero los ignorantes… prefiero los malos porque estos, de vez en cuando… descansan.
Los habitantes de mi pueblo no tienen la misma sensibilidad de alma que me caracteriza, son más burdos, todo blanco o todo negro, ninguna tonalidad gris.
No puedo ni imaginar a nadie que pueda llevar luto, ni siquiera un minuto, por él.

Después de larga
y penosa enfermedad

Tenía sí una enfermedad, no se puede negar, pero la utilizaba como instrumento de suplicio para los demás, sin distinciones de sexo, edad, religión y grado de parentesco.
Con sus clientes se esforzaba por ser lo más bueno posible, o sea una bestia, mejor que eso no podía, pero para compensar esta ineludible limitación, con respecto a sus dependientes hacía cuanto estuviese en su poder para comportarse, si era posible, de manera peor, es decir, como una bestia feroz.
Nunca satisfecho del trabajo, siempre examinaba con ojo crítico todo lo que hacían y como lo hacían, tacaño también respecto a los altos fisiológicos, y no quiero hablar de los cigarrillos.

nos ha abandonado
para siempre

Nunca ha estado entre nosotros porque nunca hizo algo para entablar no digo amistad, pero por lo menos relaciones humanas decentes.
Demasiado sospechoso no quería permitir que un sentimiento lo conectara a otro individuo, temiendo que una vez establecido un canal abierto, algo pudiera pasar. ¿Huir parte de su maldad? o peor ¿un rayo de luz llegar al alma suya negra y humosa?
Hubo un momento en el cual me di cuenta de que un grave peligro se cernía sobre nosotros: hablé con Manolo y él, el más inquebrantable sostenedor de la reencarnación, me tranquilizó, tenía pruebas certificadas de que hay excepciones.

Gran corazón, alma sublime

Según la mayoría tenía corazón, aunque si los que sostenían lo contrario eran numerosos, la discusión, animada, habría podido proseguir horas si yo no me hubiera puesto en medio. Corazón sí, pero, puedo garantizaros, tan pequeño que para verlo habría que usar una lupa potente, muy potente y quien lograse verlo se daría cuenta de que tiene el aspecto de una hucha en forma de cerdo.
Por lo que concierne al alma, a lo mejor, en el momento crucial seguramente había huído bajo forma de pedo, por cierto maloliente como no se recuerda desde que el mundo es mundo.

¿Qué más podría decir? Eso es lo que pienso mientras, armado de paciencia, espero mi turno. Delante de mí, en la cola, aún hay muchas personas, todas muy absortas como quien cumple un rito entre sacro y profano. La muerte, de hecho, siendo el momento de tránsito, se pone a un pie ya en lo espiritual y el otro aún en lo secular.

La viuda desconsolada
llora.

La última vez que la mujer en cuestión había llorado, lágrimas falsas naturalmente, fue cuando su marido, por cierto gracias al soplo de un “amigo”, la había encontrado en un restaurante, con un chico muy atractivo algo más joven que él.
Pero antes de que tuviera tiempo para mostrar toda su contrariedad, ella ya había agarrado el toro por los cuernos, llorando, había fingido ser ofendida por la falta de confianza demostrada por su marido, afirmando que precisamente él y su enfermedad eran el objeto de la conversación con su amigo médico.
El pobre hombre no pudo más que echar marcha atrás y ofrecer la cena a los dos para disculparse.
Según se cuenta, el “amigo”, pensando ir a por lana, volvió trasquilado, de hecho, esperando recibir agradecimientos y favores, acabó cubierto de malas palabras.
Este fue el primero y el último episodio en el cual el hombre asomó la nariz.
No fue ni el primero ni el último para nuestra amiga desconsolada que, desde hacía mucho tiempo había aprendido el arte de la consolación poniéndola en práctica cada vez que fuese posible.

La cola ha terminando, ahora me toca a mí:
“Señora, no hay palabras para decir lo apenado que estoy, el país, el pueblo, el partido han perdido un hombre extraordinario. Ha dirigido el consejo con competencia, honradez y nobleza de sentimientos. Ninguno podrá hacerlo mejor.”
“Mi finado marido seguramente estará apreciando sus palabras. Por mi parte debo agradecerle por haber escrito una necrología que todos han juzgado tan pertinente cuan espontánea.”
“El corazón, Señora, el corazón me lo ha dictado. Si me lo permite, estaría honrado con una visita suya en la sede de nuestro periódico, tengo una colección de escritos de su marido que guardo como una joya preciosa y me gustaría mostrársela.”

Garantizándome su visita, la señora, cuya sensualidad resultaba acentuada por la sobriedad del traje de luto, cogió mis manos y las tuvo un tiempo más largo de lo necesario, quedando sus ojos fijos en los míos.

Ahora me toca a mí.

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