Encontré a Marisa paseando en el parque. Habían pasado más de diez años desde la última vez que nos vimos, había sido durante el primer aniversario de BUP. La promesa de encontrarse cada año por el mismo evento, fue, como de costumbre, desatendida.
El gusto por el encuentro era recíproco y sincero.
Siempre guapa, además, el tiempo había vuelto su belleza más madura, la chica había dado paso a una mujer sensual.
Pasamos una hora, quizás una hora y media, hablando de recuerdos, de amigos comunes, de planes para el futuro, frente a una bebida. Ella aún soltera, yo recién separado, ambos sin un ligue importante.
Nos despedimos con la promesa de vernos lo más pronto posible, ella misma quiso darme el número de su móvil y, no teniendo donde escribirlo, recogió del suelo una de las páginas de un libro quebrado, que un viento ligero estaba dispersando como las hojas de palma sobre las cuales escribía sus profecías la Sibila Cumana.
Escribió el número, rasgó la esquina de la página y me dio el trocito.
Volví a casa sonriendo para mis adentros, había sido un encuentro agradable y que, seguramente tendría futuro.
Los días siguientes leí aquel número miles de veces, pero no quería dar la impresión de tener prisa y, por eso, aplazaba cada vez la llamada.
Lo que me hizo decidir fue lo que vi escrito en el trocito de papel cuando, sin ninguna razón, leí más allá del número.

Móvil ¿Una profecía? ¿Una última broma de la Sibila?
¡Estaba decidido a descubrirlo!
El día fijado, la cita era en mi casa, estaba listo horas antes del horario pero, cuando tocaron al timbre, me sobresalté sobre el sillón, después me dirigí a la puerta principal.

Tenía los mismos sentimientos y los mismos miedos de quien camina a duras penas a lo largo de un recorrido accidentado, pero, en mi caso, los accidentes se encontraban en mis adentros ¡caramba!
Me di cuenta en seguida que esto era verdad sólo en parte, había una excepción, aquella inútil mesita, que tenía que tirar desde hacía meses, y que todavía estaba por el medio.
La golpeé, recién salido del comedor, con la parte más sensible de nuestro cuerpo, ¿qué habéis entendido?… la canilla. Para no caerme, eché los brazos adelante y, sólo por suerte la percha, voluminoso regalo de tía Marisol, por el empujón, no cayó, limitándose a oscilar peligrosamente.
El dolor no disminuía y me di cuenta de que estaba sudando, sea por la reacción al sufrimiento, sea por haber llegado a la puerta saltando sobre la pierna sana.
Tomé un hondo respiro y abrí.
“¿¡Pilar!?”
Era mi vecina, una chica de la misma edad que yo, con su ancha sonrisa y un paquete en la mano. “He comprado la mermelada que me pediste, estaba en oferta así que cogí dos tarros, los pongo en la nevera.” Dijo entrando.
Cabe decir que nuestra amistad incluye frecuentes recíprocos favores; hace unos días, como su televisión estaba estropeada, usó mi dormitorio para planchar, por nada del mundo habría perdido su telenovela preferida y allí podía verla sin molestar el trabajo de traducción que tenía entre manos, en el comedor.
Eché un vistazo a la escalera: nadie.
Cerré la puerta.
“¿Te acuerdas del chico rubio que trabaja de cajero en el supermercado?” la voz de Pilar llegaba de la cocina “me ha pedido una cita, mañana por la noche, para tomar algo juntos. Le he dicho que sí: es un tío divertido y me parece una buena persona.”
“Si no te importa, espero a una amiga que no veo desde hace mucho tiempo… “
Sonó el timbre.
Abrí a Marisa.
Un abrazo un poco formal y fuimos al comedor.
“No creía que estuvieses en compañía” dijo viendo a Pilar.
“Te presento a mi vecina”
Las mujeres se cruzaron una sonrisa de lejos, cohibida la de Pilar y sardónica la de Marisa, como diciendo: a otro perro con este hueso.
Siguiendo la mirada de Marisa me di cuenta: ¡Pilar llevaba la bata!
Nos sentamos en el salón, bebiendo cerveza y hablando del tiempo, yo no sabía como orientar nuevamente la conversación sobre el chico rubio del supermercado, hasta que tuve la idea de ofrecer té, galletas y… mermelada.
¿Me estabas diciendo algo acerca de una invitación?
Tuve así la ocasión para hablar de la vida de soltera que ella conducía, de la oportunidad de tener un novio y de los beneficios de la vida en pareja.
Yo ¡recién separado!
Marisa, al menos así me pareció, mudó su actitud, quizás había comprendido que, de verdad, Pilar era sólo mi vecina.
Hablamos mucho en una atmósfera relajada y, a ratos, amistosa.
De vez en cuando Marisa me lanzaba miradas cómplices que, por fin, también Pilar notó y comprendió.
“Me gusta vuestra compañía pero tengo cosas que hacer en casa y no puedo quedarme más.”
Se levantó y se dirigió hacia la puerta principal.
¡Otra mirada de Marisa!
¡Otra vez la voz de Pilar!
“Había olvidado la segunda razón por la cuál he venido aquí, no te molestes, conozco el camino”
Se dirigió hacia mi dormitorio y, en cuestión de minutos, volvió haciendo alarde de un sostén suyo.
“Debo de haberlo olvidado el otro día” y con una sonrisa salió de casa.
¿Y la profecía? Tengo miedo de que también las sibilas, hoy en día, no hagan cosas a derechas, además nunca sabré si aquellas miradas de Marisa tenían el significado que yo esperaba.
Se fue, mejor dicho, huyó al cabo de cinco minutos.
El último recuerdo que tengo de ella es un beso aún más formal del precedente.

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