“Lunga e diritta correva la strada…”¹ las palabras de la canción de Francesco Guccini que los tres canturreaban, parecían describir a la perfección la realidad silenciosa que los rodeaba en aquel martes de verano.
De verdad, la furgoneta equipada para el campamento en la cual viajaban era todo menos que silenciosa: expresaba en voz alta, por medio de crujidos, chismorreos y vibraciones de diferentes frecuencias, toda su contrariedad por estar todavía en servicio a pesar del montón de kilómetros recorridos, de la crónica falta de manutención y, sobre todo, de su edad ciertamente merecedora de un poco de descanso.
Pero, los tres, acostumbrados a este ruido, ni siquiera lo oían, como en la campiña el campesino, acostumbrado, no oye el estruendo de los grillos por la noche que casi impide dormir al ciudadano de vacaciones.
Sigue la furgoneta afrontando una larga pero ligera subida de la carretera que tiene que superar la cumbre de una colina. Llegados, a la cual, a los tres se les presenta otro largo trecho de carretera, derecho hasta el horizonte, pero interrumpido, a medio camino, por una pequeña ciudad.
Ya de lejos se intuye que hay una diferencia sustancial entre las dos mitades separadas por la carretera.
Poco a poco, acercándose, se descubre el motivo: la mitad a la izquierda, la situada entre la carretera y el río, es la ciudad vieja; la otra, la de la derecha, es la parte nueva.
Al llegar, dejaron la furgoneta en un rincón del aparcamiento del supermercado, que se encontraba a la derecha, en el territorio nuevo, y dieron un paseo por la plaza, aparentemente sin meta, que, en realidad, escondía una diligente inspección destinada a escoger el lugar más conveniente para aparcarla definitivamente. Lo localizaron, estaba ocupado por un coche, y por esto  decidieron aparcarla después de comer, cuando el otro se hubiera marchado.
Cruzada a pie la carretera gracias al pasaje subterráneo, fueron a la búsqueda de algo de comer y se dirigieron hacia el centro.

Primero habló Milagros: “Tengo ganas de algo ligero y fresco: verduras, patatas cocidas y agua, mucha agua: el viaje, todo el día bajo el sol, me ha deshidratado.”
Llegaron a la plaza. “¡Mirad! Hay una tasca.” dijo Santiago. Ingresaron bajo las miradas sospechosas de los clientes, repentinamente silenciosos, solo un poco contrapesadas por la sonrisa interesada del dueño. “Tú ve al baño a refrescarte mientras tanto Navarro y yo tomamos un vaso de vino blanco, ¡nosotros también estamos… deshidratados!”
Al volver a la sala, Milagros vio a sus amigos sentados en la mesa bebiendo vino y hablando con el dueño, cuya sonrisa ya se había vuelto sincera y cuya mirada se trasladaba entre los dos y otros consumidores, con anchas señas afirmativas de la cabeza, un poco para implicarlos, un poco para pedir una señal de apoyo.
La de romper el hielo y ganar la confianza de la gente era la primera parte de la operación, siempre desarrollada por Santiago que en este arte es un maestro.
Milagros se entrometió con gracia y decisión: “Mis propósitos virtuosos tienen vida breve: quizás para hidratarme mejor una cerveza”.
Pasaron una noche divertida, comiendo y bebiendo con moderación: esto también estaba orientado a trasmitir la imagen de tres buenos chicos.
Fueron a dormir a la furgoneta.
Por la mañana, temprano, como de costumbre, primero se despertó Navarro, fue a la fuente a lavarse la cara y luego se puso a preparar el desayuno y a esperar.
No tuvo que esperar mucho, como estaba previsto llamaron a la puerta lateral, y él, con una sonrisa, abrió a la policía.
Los otros dos, en absoluto sin asombrarse, se limitaron a un unísono y un poco adormecido: “¡Llego enseguida!”
Documentos personales, los de la furgoneta, inspección de la misma. ¡Nada nuevo!
El policía más anciano era el más rígido, al limite de la intolerancia: “¡Chicos! No puedo impediros instalar aquí, por unos días, vuestro cacharro, aunque si lo haría con mucho gusto, pero ¡cuidado!, creadme un solo, pequeño problema y ¡desdichados de vosotros!”
“Agente…”
“¡Sargento!”
“…sargento, puedo garantizar que ni mis amigos ni yo tenemos la más pequeña intención de crear un problema ni tampoco una molestia.” Una vez más Santiago interpretaba su papel.
Después de un último gruñido, lanzado a través de la ventanilla abierta, el coche de la policía salió a escape haciendo chirriar los neumáticos y llevando consigo toda la enemistad del sargento.

Empezaron enseguida una actividad que duraría días: observar y anotar todos los movimientos de los dueños y de los clientes de las tiendas que se encontraban más allá de la carretera. Trabajaron todo el día, turnándose, hasta las diez, luego fueron nuevamente a la tasca.
Entraron y saludaron a todos, correspondidos por el dueño y por la mayoría de los consumidores, con la excepción de los cuatro sentados a una mesa en el rincón de la derecha, ¡entre ellos el sargento!
Santiago, sin tener en cuenta el mensaje, por otra parte, muy claro, se dirigió hacia él y con una sonrisa irresistible: “¿Tregua? Ustedes están fuera de servicio y nosotros… también”
De la boca del sargento, en lugar del usual gruñido salió: “¡Vale! pero creadme un solo…”
“… pequeño problema y ¡desdichados de nosotros!” concluyó Santiago.
Cogido por sorpresa, el sargento se refrenó esbozando una sonrisa, pequeña pero suficiente para confirmar que no hay fortaleza que, tarde o temprano, no se derrumba.
Cena tranquila y alegre también, sobre todo después de que se fueron, despidiéndose, los policías.
Desde aquella noche, la policía daba su vuelta de inspección en el aparcamiento del supermercado, pero sin acercarse demasiado.
Durante días los tres llevaron una vida insospechable: paseando por el centro, dándose un chapuzón en el río, corriendo, a veces, con ropa deportiva, unos kilómetros a lo largo de senderos. Nunca al mismo horario, pero, invariablemente, en pareja: uno siempre se quedaba en la furgoneta para llevar adelante su investigación acerca de los movimientos en el área de las tiendas; los de la policía incluidos, naturalmente.

Después de una semana de observación, decidieron actuar al día siguiente, por la mañana.
El dueño de la tienda, todos los miércoles, llegaba una hora antes del horario de apertura para hacer la limpieza de mitad semana, por lo tanto los demás propietarios aún tenían que aparecer. Casi todos los parientes estaban ajetreados acompañando a los niños a la escuela; el único problema era la tripulación del coche de servicio de la policía que, antes de ir a vigilar a los chicos que iban a la escuela, daba una vuelta de inspección en la zona de las tiendas.
¡Un problema que resolver!
Transcurrieron, como de costumbre, la noche en la tasca, donde ahora los policías, sargento incluido, tenían una actitud, si no precisamente cariñosa como los demás, por lo menos cordial.

Temprano por la mañana, los dos hombres se pusieron el conjunto deportivo, colocaron las bandoleras dentro de dos pequeñas mochilas, una para cada uno, y se despidieron de Milagros.
Cruzada la carretera corriendo a lo largo del pasaje subterráneo lo más rápidamente posible, para no encontrarse con nadie, llegaron al puesto establecido cerca de la entrada posterior de la tienda y se escondieron.

Milagros, escuchando música fuera de la furgoneta, esperó ver el coche de la policía hacer su inspección del aparcamiento y cuando ya estaban para irse, saludó en voz alta agitando la mano.
Los policías habían notado que uno siempre se quedaba cerca de la furgoneta mientras que otros dos hacían actividades y no se resistieron a la tentación de encontrar a Milagros a solas; con mayor razón, el sargento no estaba de turno de patrulla.
La chica, que llevaba una camiseta veraniega con un amplio escote, se mantuvo un poco lejos del coche antes de lanzarse provocativamente a la ventanilla apoyándose con los codos. Hablaron una decena de minutos o quizás más sin que los policías la miraran a la cara.
De repente se dieron cuenta del retraso, tenían que ir a vigilar a los niños, habrían hecho luego la vuelta de inspección de las tiendas más allá de la carretera.
Se despidieron de Milagros que, terminada su prima tarea, se puso un traje juvenil, desenvuelto pero elegante, tomó un maletín muy profesional y cruzó el pasaje subterráneo, tomando una dirección diferente a la de sus amigos.

El dueño llegó puntual, abrió la puerta de servicio e inmediatamente fue empujado adentro por Navarro. Santiago cerró la puerta detrás de ellos.
En la penumbra el pobre hombre se volvió y después de un momento de estupor, puso las manos arriba.
“¿Estás loco?” exclamó Santiago “¿Parecemos ganforros con pistola colgada del cinturón?”
“Mejor, baja las manos y abre la ventana y las persianas, no me gusta la oscuridad y tampoco el olor a cerrado.”
El hombre, sabiendo que se encontraba solo contra dos, no podía negarse a sujetarse, e hizo lo que le habían pedido y se sentó.

Milagros, sentada a la mesa de un bar, había esperado a que la señora volviese de la escuela donde había acompañado a sus niños y, cuando la vio entrar en casa pidió la cuenta. Pagó y se puso en la solapa de la chaqueta la tarjeta de identidad y fue a tocar el timbre. Al llegar la señora: “Buenos días señora Gutiérrez, me llamo Milagros y trabajo en Dermocosmética” dijo indicando la tarjeta “y estoy aquí para hacerle la demostración concertada para esta mañana. ¿Puedo entrar?”
“¿Dermocosmética? lo siento, pero no sé nada.”
“Señora, lo siento yo también, pero su nombre es el primero de la lista en mi programa de trabajo diario, puede ser que las empleadas se hayan hecho un barullo y se hayan olvidado de llamarla. Sin embargo, mi problema es que si no hago, cada día, el número previsto de entrevistas, me dejan en casa sin sueldo, ¿puede ayudarme?”
La sonrisa de Milagros desarmaba, sus ojos imploraban, toda su persona inspiraba confianza, simpatía y, porque no, un poco de ternura también
“¿De qué se trata? ¿Hablaba de una demostración?”
“Sí, de esto se trata: le enseño nuestros productos de belleza, le hago un tratamiento de cutis, gratuito, y al final, si quiere y sin compromiso, puede decidir si comprar algo. No le haré perder más de  media hora”.
Después de un último momento de indecisión, la mujer dijo: “¡Vale! Las amas de casa, entre los cuidados al marido, a los niños, a la casa, destinamos muy poco tiempo a nosotras. Esta es una ocasión para hacer un alto durante mi trabajo. Me has convencido, ¡adelante! Me llamo Sonia, ¿podemos tutearnos, verdad?”
Había sido más fácil de lo previsto, Milagros entró cerrando la puerta tras de si.

El dueño, se dio ánimo y tentó una reacción, por lo menos verbal: “Me parece que los locos sois vosotros: no tenéis un arma, me habéis concedido, no, más bien me habéis pedido vosotros mismos,  abrir la ventana. Si me pongo a gritar ¿sabéis cuanta gente llega aquí en dos brincos?”
“¡Nadie! ¿Te has olvidado que el miércoles vienes a la tienda una hora antes que de costumbre? ¡Mira! la calle está casi vacía. Y si estás pensando en la policía, ¡qué lastima! Ya lo habríamos previsto”. Las palabras de Santiago parecían no dejar duda sobre el escenario y por si fuera poco, habló Navarro: “Además, tienes que pensar en tu mujer.”
“¿Qué tiene que ver mi mujer en todo esto?”
“¡Pregúntaselo!” dijo Navarro, acompañando al dueño hacia el teléfono.
Después de numerosos timbrazos, cuando por fin oyó la voz de la mujer, “¡Sonia!” dijo en tono entre  asustado y  atento.
“Querido, no puedo hablar, estoy en manos de una chica…”
La comunicación fue interrumpida por Navarro.
Era un hombre acabado: “Coged lo que queráis, pero que sepáis que todas las noches deposito la venta en el cajero automático y dejo solo poco efectivo para el día siguiente, no se cuánto dinero podéis encontrar en la caja”
“¿Dinero?” dijo Navarro
“¿Dinero?” hizo eco Santiago “¿Dinero? Tú no has comprendido nada, a nosotros nos importa un pito el dinero, nosotros estamos aquí ¡por los libros!”
Pensamientos diferentes repercutían en la cabeza del librero hasta que uno tomó la delantera sobre todos los otros: ¡los dos hombres verdaderamente estaban locos! y la expresión de su cara lo gritaba a los cuatros vientos sin intentar esconderlo.

Primero se dio cuenta Navarro del estupor del librero. “Escucha” le dijo “hay personas que no pueden leer porque no pueden comprar libros y no pueden comprar libros porque las editoriales tratan los libros como si fueran fruta”.
“No sé si me entiendes: ¿El libro acaba de publicarse?, es una primicia, tienes que comprarlo en edición de lujo y pagar un montón de dinero; solo cuando todos los ricachones lo hayan comprado y lo hayan puesto para lucirlo en su biblioteca, solo entonces un verdadero lector puede comprarlo en edición económica”.
“¿Económica?” era la voz de Santiago “La verdad es que ni siquiera la edición económica es económica. Con el pretexto de costo de producción, gastos generales, costo de distribución, derechos de autor ¿dónde se pone el derecho del lector?”
“Se habla tanto, demasiado, ¿no es cierto, Santiago?, del carácter sagrado de la vida, olvidando que esta es sagrada solo si tienes qué comer, de lo contrario es de mierda como la de millones de personas que se mueren de hambre en el mundo.
Pero es igualmente importante abastecer el espíritu de su alimento: la cultura. Un hombre culto es un hombre libre y un hombre libre conserva, en cualquier situación, su propia dignidad.
La cultura es la única cosa que nadie, tampoco el peor dictador, la muerte, puede quitarte, porque la cultura, desde cuando aún no existía la historia, se transmitía de boca en boca, de hombre a hombre, de la manera más silenciosa y humilde de mujer a mujer, y, recientemente, de libro a libro”.

El librero había escuchado todo en silencio mientras se asomaba a su mente un pensamiento de Bioy Casares:

Creo que parte de mi amor a la vida
lo debo a mi amor a los libros

Los dos ahora le parecían más extravagantes que verdaderamente locos; quizás, de la misma manera que  Casares, era este amor un poco delirante por los libros, lo que los había hechos amigos y lo que hacía nacer en ellos un gran amor para la vida, la aventura y el azar.

Juzgando exhaustivas las explicaciones exhibidas, Santiago y Navarro empezaron a escoger libros, rigurosamente en edición económica, poniéndolos en las bandoleras que habían sacado de las mochilas.
“Estas novelas del corazón y estos cuentos un poco livianos son perfectos para nuestros viejecitos de la residencia”.
“Yo he encontrado estupendos libros para niños, me parece que son ideales para un donativo anónimo al parvulario de Don Carlos”.
“¡Alto ahí! Vosotros habláis muy bien y quizás tengáis también razón, sin embargo ¿por qué tengo que ser yo quien pague?”
“Antes que nada porque tienes que estar orgulloso de contribuir al éxito de una empresa meritoria…”
“Mi amigo Santiago quiere decir que, por cierto, tienes un seguro; solo tienes que denunciar el robo de los libros, ocurrido posiblemente durante la noche y descubierto por la mañana a la apertura de la tienda de manera que no pierdes nada, ¿vale?” Frente a este lógica férrea, el librero no contestó, es más se puso a reír, primero suavemente, luego más fuerte, al final se reía a carcajadas; por el nerviosismo, seguro, pero también porque aquellos dos locos habían hecho mella en su corazón.
Terminado el trabajo los dos hablaron unos minutos con él y después se despidieron con una sugerencia: “Ve a ver a tu mujer”.
Cruzaron corriendo la calle que atravesaba el barrio de las tiendas y conducía al pasaje subterráneo, no les gustaba ser vistos, no formaba parte del plan.
Llamaron al móvil a Milagros “Todo bien, nos vemos en la furgoneta”.
“Yo también he terminado, estaba hablando con la señora esperando tu llamada, voy para allá”
Y así fue.
Como de costumbre dos, en conjunto deportivo, fueron a correr a lo largo de un sendero de campaña.

El librero, cerrada la tienda, fue  hacia casa.  Frente a la dificultad de abrir la puerta con la llave, ya que estaba, comprensiblemente muy  agitado, tocó el timbre. Su mujer abrió la puerta y se adelantó para ponerse bajo la luz del sol.
“¡Sonia! ¿Cómo estás?”
“¿Cómo estoy? Tú debes decirlo como estoy, ¿no tienes ojos para tu mujer?”
“¿Has ido al peluquero? ¿No estabas en manos de una chica?”
“Sí, te lo he dicho una chica, era una demostradora de la Dermocosmética y me ha hecho…”
“¡Hijos de p…!”
“Querido ¿Cómo hablas? Por suerte, no están aquí tus hijos. ¡A propósito! ¿Qué haces aquí? ¿No has abierto la tienda?”
“Sí, pero… esta noche… han robado unos libros y tengo que ir a la policía para poner la denuncia”
“¿Han robado libros? Serán unos locos”
“Lo pienso yo también”
Muy avanzada la mañana, el coche de la policía llegó al aparcamiento del supermercado parándose en dirección a la furgoneta pero un poco lejano como si sus ocupantes no estuvieran seguros sobre lo que hacer.
Santiago se acercó e hizo al sargento una seña de saludo:
“Sabemos del robo. Sentimos que en un pueblo tranquilo como este, donde todos se conocen, y donde hay una vigilancia de la policía tan eficiente, pueda ocurrir un hecho tan execrable. Naturalmente, siendo nosotros los únicos extranjeros, nos esperamos su registro”
“No pienso que podáis estar tan locos de cometer un robo estando bajo riguroso control desde el día de vuestra llegada”
“Sargento, ¡cómo si no lo conociera!, Usted es como las ortigas y nunca admitirá sentir simpatía por tres vagabundos como nosotros. Pero yo no puedo permitir que esta pequeña flaqueza le impida cumplir con su propio deber. Le pido, por favor, que nos registre”.
Una mirada a sus ayudantes y: “¡La furgoneta!”
Los policías volvieron en cuestión de minutos: “En la furgoneta no hay nada”.
El sargento no oyó, porque no escuchaba, porque no estaba allí: una puerta de hierro pintada de rojo en una baja construcción al lado del supermercado, llamaba toda su atención.
No tuvo necesidad de hablar, hizo una señal con la cabeza y sus hombres lo cogieron al vuelo.
El tiempo se había ralentizado y parecía no pasar nunca.
Santiago, permaneció inmóvil, su mirada no translucía ninguna emoción, ni siquiera atisbó la operación: no quería manifestar tener los nervios crispados por la tensión mental de todo el día.
Se volvió solo cuando oyó cerrar la puerta de hierro.
Los policías caminaban despacio, sonriendo y cuchicheando entre ellos, hasta que, frente al sargento, se encogieron de hombros y: “Hay solo cartones”
“Y cajas de fruta vacías, basura”

Transcurrieron la tarde haciendo limpieza y orden, después de una semana de parón, en la furgoneta, replegando los sacos de dormir, guardando en su rincón los catres de tijera, desconectando los cables de las luces provisionales.
Cuando terminaron, el vehículo estaba listo para ponerse en marcha. Pasaron la noche en la tasca descuidándose un poco más que de costumbre: la imagen de buenos chicos ya estaba consolidada y, a decir  verdad, ahora tampoco se necesitaba.
Por la mañana recorrieron, por primera vez, el pasaje subterráneo con la furgoneta para echar gasolina: astutamente, en efecto, la gasolinera había sido puesta un poco al interior de la ciudad, para atraer a gente e incrementar el comercio y, en el período veraniego el turismo.
Fueron a la tasca a desayunar, recorrieron a lo largo y a lo ancho toda la aldea despidiéndose de todos lo que habían conocido en una semana de ocio aparente y, por fin, llegaron a la librería.
Se quedaron unos minutos, justo el tiempo para retirar los bolsos de los libros, que desde el comienzo habían quedado escondidos allí, y escuchar al dueño que los ponía de vuelta y media bromeando.

Tomaron, en dirección opuesta, la misma carretera que habían cruzado hacía una semana. En el aparcamiento del supermercado el sargento y uno de los agentes estaban fumando un cigarrillo cerca del coche, Santiago, que conducía la furgoneta, llamó su atención con dos toques de claxon, se despidieron con la  mano.

Recorridos un par de kilómetros, empezaron a canturrear:

“Nel mondo di oggi più di ieri domina l’ingiustizia, ma di eroici cavalieri non abbiamo più notizia; proprio per questo, Sancho, c’è bisogno soprattutto d’uno slancio generoso, fosse anche un sogno matto…”²

De “Canzone per una amica” de Francesco Guccini:
“Larga y derecha corría la carretera… ”

De “Don Chisciotte” de Francesco Guccini:
“En el mundo de hoy en día domina la injusticia pero de heróicos caballeros no tenemos noticia, por esto, Sancho, hay necesidad de un arranque de generosidad, aunque sea un ensueño loco…”

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