Esta noche soñaba con un bosque.
Un dulce sueño, suave, pero, al mismo tiempo, intenso.
Era otoño, estoy seguro por los colores y la luz tibia, por los últimos patéticos esfuerzos de las hojas de enfrentarse con el viento y su vuelo hacia el suelo como a la cámara lenta, sin prisa, con anchas volutas, conmovedora tentativa de retrasar el definitivo contacto con la tierra, la entrada en aquel cementerio común que es la alfombra de alas mustias, robadas al viento de las frondas.
Era otoño, sí, por el olor penetrante, casi un sabor, a moho, y el calor que salía de la tierra contando una historia de muerte prometiendo vida.
Andaba yo, pisando las hojas, sin ruido, casi distraído, molestado, por los rayos de sol que se encendían y se apagaban, antojadizos, al cruzar el ramaje.
De repente, imperceptible, un movimiento.
Me paro y el tiempo también se para, retengo el aliento y el viento también cesa, solo… tal vez no sea nada, tal vez… sin embargo, imperceptible…
Azabache tenía los ojos, pero luminosos como luceros; ahora inmóvil, me miraba un erizo.
Me acerqué, me puse de rodillas despacio, tenía miedo que huyese pero, al mismo tiempo, deseaba ganar su confianza.
Se encontraba, por fin, al alcance de mi mano y no resistí al impulso de acariciarlo.
Estaba seguro de que, si hubiese sentido el temblor de mi mano y la incertidumbre del toque, habría comprendido que tenía yo también su mismo miedo.
No me lo permitió, rápido se volvió levantando sus aguijones y me picó.
No sé si soñando se siente dolor, lo que sé es que me encontré despierto, encendí la luz, miré mis dedos y en el corazón había algo carmín.
Era una gota de sangre.

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