“¡Tengo que decirle toda la verdad!”

Paco conducía su coche despacio y de mala gana, bajo una lluvia que caía desde hacía unos días, por la carretera costera. Tenía treinta y cinco años y, desde hacía más de cinco, la recorría cada día, de casa a la oficina por la mañana, de la oficina a casa por la tarde.

“Lo que más me hace sufrir es mentirle, es cierto que no lo merece: su amor es inmenso, su vida transcurre al ritmo de mis exigencias y todo lo que hace por mi lo hace de buena gana.
Por mi parte, desde siempre, correspondo a sus sentimientos con un amor nunca disminuido… ¡este semáforo está siempre rojo!”

Paco, a pesar de su sólida cultura científica, como todos nosotros, tenía la tendencia a olvidar el cincuenta por ciento favorable de los acontecimientos, para recordar sólo la mitad desfavorable.

“¡Qué demonios! Durante años, muchos años de vida juntos habíamos discutido pero, tal vez, una discusión puede servir para interrumpir la monotonía de una vida entre dos.
Además las nuestras, siempre nacen por tonterías y nunca superan la prueba de la noche con sus consejos.
Una situación que seguramente muchos envidiarían y quejarme me parece un comportamiento ingrato. Sin embargo…”

El sonido del móvil interrumpió los pensamientos de Paco, pero éste no le fastidió porque sabía quien era. Pulsó la tecla del manos libres y habló sin incertidumbre:
“Hola guapa”
“Hola Paco”
“¿Ya has llegado a casa?”
“Sí querido, después de despedirnos, fuera de la oficina, he ido al supermercado con Ana a comprar un poco de jamón para la cena, mientras ella buscaba unas especias para cocinar algo italiano para su marido. Luego he ido de corridas a casa para llamarte. ¡Vivir en un pueblo pequeño tiene sus ventajas!”
“Chica, hoy por la tarde, mientras me traías los papeles para firmar, habría querido cogerte a escondidas la mano pero en seguida ha entrado alguien, tampoco recuerdo quien era, y me he detenido.”
“Yo también, cuando estoy en tu despacho quisiera acariciar tus dedos, tus manos y tu mejilla, pero tenemos que estar atentos, sobre todo en la oficina.”
“Escucha, Leonor, he pensado decirle que el domingo el Grupo Escaladores ha organizado una excursión. Ella sabe cuanto me gusta ir por las rocas y  seguro que será feliz  dejándome ir.
Así podremos pasar todo el día juntos; me han hablado de un pequeño y agradable restaurante, a las afueras de Cuenca, que, además de una cocina excelente, ofrece la posibilidad del… descanso postmeridiano. ¿Qué te parece?”
“Para mí bien, pero no podemos continuar engañándola con estos pretextos, tarde o temprano tendremos que decirle la verdad”.
“Estoy de acuerdo, mejor tarde que nunca”.
“¡Vale Paco! nos vemos el domingo”
“Sí querida, en el café de la calle Colón, donde nadie nos conoce, ¡vivir en una ciudad tiene sus ventajas!”
“Tenemos que aguantar sólo un día; ya sabes que el sábado tengo que ir de compras con ella, siempre el mismo plan: al supermercado y vuelta a casa con la compra, luego vamos de tiendas entre jerséis, camisetas y ropa interior que nunca compra porque sostiene que sería una locura gastar dinero inútilmente, para ella el vestuario que tiene está siempre como nuevo.
Por la tarde, después de la siesta, aperitivo, rigurosamente sin alcohol y al final la pastelería para escoger el postre del domingo”.
“Un besito”
“Un abrazo”

Paco siguió conduciendo con una sonrisa en sus labios que no quería marcharse. Aún oía el sonido de la voz dulce de Leonor y sólo cuando ésta desapareció entonces la sonrisa se apagó y Paco volvió a pensar.

“Desde que he conocido a Leonor… no, no es verdad, conozco a Leonor desde que  empecé a trabajar en esta empresa,  porque ya era la secretaria de mi predecesor, pero por largo tiempo nada había hecho presagiar todo esto.
Más correcto decir desde cuando nuestra relación, hasta aquel momento, cordial, pero nada más, que nunca salía del ámbito laboral, sufrió un cambio imprevisto y arrollador, ¡mi vida se trastornó!

Aún recuerdo que fue ella, una tarde poco antes de Navidad, al final del trabajo, a pedirme si podíamos tomar un aperitivo juntos; tenía que ir a la estación de trenes para recibir a una amiga pero tenía una hora de espera y no le gustaba transcurrirla sola. No me pareció correcto negarle un pequeño favor y además la petición iba acompañada de una sonrisa irresistible.
La hora huyó como si los minutos se hubieran vuelto segundos, nos despedimos, ella fue a la estación y yo a casa, diciendo la primera mentira.
Desde entonces los encuentros se multiplicaron, las mentiras también.
Me di cuenta de que mi vida iba a cambiar, que tenía una razón más para vivir, como si una invisible cortina rasgándose de repente hubiera revelado algo precedentemente excluido de mi comprensión, algo que nada habría podido borrar, algo que habría  impedido a quien fuera separarme de Leonor.”

Cuando además de recorrer la misma carretera cada día, se hace en el mismo horario, ¡salvo agradables imprevistos!, la mayoría de los acontecimientos son previsibles.
Como siempre, de hecho, el paso a nivel estaba cerrado y la espera no sería breve. Paco paró el motor, puso la radio y se apoyó en el reposacabezas con los ojos cerrados, dejando que una desenfrenada Tori Amos le invadiera la cabeza con una magistral ejecución de “Cornflake girl”.

“Entenderá, es una mujer inteligente, entenderá. Me esforzaré en ser comprensivo pero convincente, entenderá.
No tengo intención de renegar del todo lo que ella me ha dado, pero con Leonor mi vida tiene un nuevo sentido.
Mejor no dejar transcurrir más tiempo, mejor hablarle hoy mismo.
Claro que esto significará renunciar a la calaverada del domingo, pero, sin duda, es una aclaración necesaria y será el comienzo de una nueva vida, para todos.”

Cuando el paso a nivel se abrió había terminado de llover; Paco recorrió pocas decenas de metros y giró a la izquierda, un pequeño desvío para ir al bar de su amigo Fernández.

No tenía prisa, ahora, seguramente, ella estaría chismorreando con sus amigas en el pequeño parque infantil frente a casa y, sobre todo, el no podía llegar demasiado temprano para no levantar sospechas.
Fernández era el único que estaba al corriente de todo, amigo desde siempre, comprendía la angustia de Paco como si fuera un hermano.
El bar estaba vacío, la lluvia nunca ha sido aliada de la vida fuera de casa.
“Hola Fernández”
“Hola Paco, hace unos días que no te veo ¿qué ha pasado?”
“Si no me ves, tienes que estar contento, significa que estoy pasando mi tiempo con Leonor.”
Tomó un platito, escogió unos pinchos y se sentó en un taburete frente a Fernández, el cual ya había preparado dos vasos de blanco.
“¡He tomado una decisión! al llegar a casa le hablo, sin esperar un minuto más, estoy harto de mi doble vida, a mí que no me gustan las mentiras, tengo que estar atento a todo lo que digo, ¡es un lío!”
“Me parece la misma decisión que tomaste la semana pasada.”
“¡No me tomes el pelo! Quiero comprensión”
“¡Paco! Estoy bromeando para levantarte el moral, pareces un niño llevando a casa un feo boletín de notas.”
Continuaron así, hablando un poco en serio, un poco en broma, hasta que Paco decidió que había llegado el momento de irse.

En cosa de unos minutos retomó el desvío en dirección inversa, en el cruce giró a la izquierda y se encontró nuevamente en la carretera principal. Desde ahí faltaban pocos kilómetros a su casa.
Conducía distintamente a antes; la decisión tomada le había dado más garra y una determinación nunca conocida.
Aparcó el coche en una calle lateral, recorrió pocas decenas de metros y se encontró delante del portón, sacó las llaves lo abrió y acto seguido las metió en el bolsillo. Nunca habría abierto la puerta de casa con llave, a ella le gustaba mucho recibirlo personalmente a su vuelta.

El campanilleo le hizo sobresaltarse como si no hubiera sido él mismo a tocar el timbre.
“Hola querido, bienvenido”
¡Ánimo, ahora! Hola… tengo que hablarte”
“Después de la comida.”
“¡No! Tengo que hablarte ahora”
“Después de la comida, querido, he cocinado algo especial.”
“¡Mamá! Tengo que… ¡vale!… después de la cena, mamá.

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