Era la primera vez que regresaba a Las Piedras después de que Lola me abandonara. Durante todo el tiempo en el que había deseado creer en su alejamiento, ¡algo más inesperado que un chubasco veraniego!, como un acontecimiento temporal y reversible, no había querido volver allí para no plantar cara a la realidad. Aquella aldea, lo habéis entendido, había sido el escenario de nuestro amor desde el primer encuentro casual hasta el final. Aquel miércoles yo lo había creído un día feliz hasta que ella, al final de la cena, me anunció cándidamente que el viernes regresaría a Madrid. ¿Cómo había podido ocurrir? Más de una vez, durante noches en vela, intenté comprender lo que había sucedido y la causa. No llegué a ningún resultado pero comprendí una cosa: huir no era el remedio. Había que dar marcha atrás para darme cuenta de que todo se había acabado; nada, nunca, habría vuelto a ser como antes y que en lugar de alejar aquellos momentos de mis pensamientos, habría sido mejor guardarlos para no perder aquel fugaz pero extraordinario don que fue Lola. Llegué por la tarde en autobús y descendí en la parada cerca del puente romano de piedra rústica que cruza el río y origina una carretera de tierra que trepa, entre dos alas de montaña, costeando un torrente invisible porque mucho más abajo, y conduce a un valle menor. De allí, a lo largo de todo el recorrido, la aldea está escondida a la vista y se descubre de repente solo dando la vuelta a la última curva de la carretera. Caminé media hora, aunque normalmente no se necesitaban más de veinte minutos, porque a medida que me acercaba a nuestra… a mi casa, mis piernas y mi cerebro se volvían papilla. A la entrada de la aldea, las nubes, que se habían amontonado oscuras y amenazadoras, sugerían acelerar el paso. Lo hice, sin embargo, igualmente me mojé al recorrer los últimos metros de la plaza, en la cual, frente a la iglesia, se alza mi casa, blanco de las primeras gotazas. Me acogió el frío de una casa vacía y cerrada desde largo tiempo. Sin quitarme el anorak, encendí la estufa de gas que en poco tiempo habría debido volver habitable aquel lugar, o por lo menos así lo esperaba. Me di cuenta, por el contrario, que hay un frío que, si nos penetra, es una bestia difícil de ahuyentar. Por lo tanto, sin comer, algo muy extraño para mí, sin leer ni siquiera una página de la novela que había llevado conmigo, me fui a la cama. Aquella noche dormí bien, ¡quién sabe! gracias al ruido de la lluvia, constante, monótono y soporífero o quizás gracias al cansancio profundo que me había invadido. Solo sé que por la mañana me levanté en forma y, sobre todo, con mi cabeza más disponible a razonar. En la aldea hay una única tienda con una licencia de hipermercado y las dimensiones de un ascensor, o por lo menos eso parece, quizás porque casi todo el espacio está ocupado por la mercancía más variada: bombonas de gas y cuadernos, botellones de vino y velas, fósforos y material higiénico. Juan, el dueño, un hombrón bueno y paciente, está dispuesto a volcar su tienda para encontrar lo que quiere el cliente, aunque sea un clavo. Compré pan, que llegaba cada mañana desde el pueblo de más abajo, leche recién ordeñada y pregunté a Juan si aún tenía, escondido para pocos privilegiados, un tarro de aquella miel virgen producida por un campesino conocido en el pueblo con el apodo de “Cuartito” que no necesita explicaciones. Luego en casa encontraría bastante café para prepararme el desayuno, algo indispensable para empezar bien la jornada. Juan desapareció. Entonces me acordé de que había conocido a Lola precisamente en la tienda de Juan. Era media mañana y había comprado un generoso trozo de pan con aceite y sal cuando oí tras de mí una voz joven: “¿El último trozo?” Me di la vuelta y ví a una morenita sin maquillaje, su rostro tenía una expresión de decepción infantil. “¡Lo siento!”, y enseguida tuve una idea: “¡Podemos compartirlo!” La taberna de Ramón era el lugar más frecuentado de la aldea por habitantes y veraneantes, más frecuentado que la iglesia que se erguía enfrente, ¡verdad! Comimos, y bebimos dos vasos de vino que Lola pretendió ofrecerme, pese a quién pese. Nuestra amistad empezó así, yo con mis treinta y cinco años, y ella que había dicho tener poco más de veinticinco. Desde entonces, nos volvimos inseparables y, en cosa de unos días, ella dejó la posada y se trasladó a mi cuarto de huéspedes. Lola tiene la afición de la pintura y, paseando conmigo observaba ensimismada, a lo largo de senderos, el paisaje que inmortalizar. Una vez conduje a Lola a un lugar muy especial, escondido por una espesa vegetación. En un claro, cerca de dos peñascos ciclópeos, surge una minúscula iglesia abandonada, cuyo campanario, derruido por el techo lo había desfondado. La campana, lanzando sus últimos lamentos desoídos, había rodado quebrada sobre el suelo sucio, como se podía ver a través de las ventanas sin vidrios. Al final del siglo XVIII las dos rocas se habían separado de la montaña rodando amenazadoras hacia el valle, en dirección a la aldea donde habrían hecho mucho daño a cosas, animales y personas. Inesperadamente su carrera se paró, la aldea fue salvada y los habitantes, considerándolo un milagro, construyeron la iglesia con sus propias manos, la dedicaron a la Virgen y desde entonces la aldea tiene un nombre: Las piedras. El estado del pequeño edificio demuestra, sin el menor asomo de duda, la caducidad de la “eterna” gratitud humana. De todos modos aquel lugar tiene algo mágico y allí, en un alto durante el trabajo… una mirada… nuestras manos se unieron… y… ¡Extraño! La intensidad de nuestra relación permaneció siempre igual, lo que cambió fueron los sentimientos: desde lo profundo del corazón la amistad se transformó en amor, la estima permaneció pero generó la ternura, el placer de estar junto a ella se volvió pasión. Los sentimientos de hecho se multiplicaron acompañados por un revoltijo de emociones. Desde entonces nuestra vida cambió, todo era visto bajo una luz diferente, como si los colores de la vida se hubieran vuelto más luminosos. Desde entonces Lola inesperadamente me envolvió en la búsqueda de nuevos sujetos pictóricos: rincones, encuadres y atmósferas tenían que satisfacer tanto a ella como a mí. La señal de nuestra sincronía era una magia, un olor que nos envolvía simultáneamente: olor a musgo, a madera, a hierba recién cortada. En el campo, por la mañana, Lola dibujaba un boceto, yo tras ella miraba sus rasgos leves y briosos que separaban la luz y la sombra, el primer plano en el marco de las montañas, una mancha de color de otra. Luego, por la tarde, en el desván invadido por el color caliente y antiguo de la luz que entra por una ventana de vidrios polvorientos, Lola, como si hubiera tenido una fotografía en su cabeza, daba color y vida a su obra, sin olvidar un tono, un rayo de luz, un reflejo. Yo la miraba escuchando música, que ella, atareada por el dibujo ni siquiera oía. Sus cuadros, por lo menos aquellos que pintó entonces, contaban un mundo coloreado, como si incluso las sombras hubieran asimilado la tonalidad de aquello que las generaba, pero fuerte como árbol que, salido de una pequeña mancha de tierra rodeada por las rocas de un despeñadero, se tuerce hacia el cielo, hacia la luz y la vida. No todos los días íbamos a pasear. A veces porque, transcurrida la noche hablando acerca de los más diferentes asuntos, nos adormecíamos de madrugada, para luego dormir hasta el comienzo de la tarde; a veces porque, por la mañana, nos dábamos cuenta, por el olor que subía de la taberna y penetraba por nuestra ventana, que Ramón estaba cocinando una de sus, a decir verdad numerosas, especialidades. No necesitaba salir de casa para reservar: nos mirábamos a los ojos y riendo nos lanzábamos hacia la ventana desde la cual gritábamos al unísono y de un tirón “Ramón-una-mesa-y-dos-porciones-abundantes-para-las-dos-y-media”. Cuando Lola no pintaba escuchaba conmigo música para guitarra clásica, la música es mi dominio: amo y logro hacer amar la de los períodos clásico y romántico. El balcón está orientado hacia Este y en las horas de la mañana podíamos tomar el sol escuchando notas inmortales. Para llevar su equipo había hecho a Lola, gracias a mi innata manualidad, una mochila donde poner la cajita de colores, el lienzo y también el caballete. Para estrenarla conduje a Lola a la fuente del torrente que cruza nuestro pequeño valle para desembocar en el río del valle principal, cerca del puente romano. Aquel torrente sin nombre le gustó mucho, sobre todo por la variedad de su recorrido. El mismo torrente que cruza la aldea rápida y ágilmente serpeando entre piedras lisas, río arriba donde el cauce es más ancho se relaja recorriendo largos trechos serenos y al final, mejor, al comienzo, cerca del manantial, vuela emocionante la cascada. El ruido del agua que mana de la fuente, una hendidura entre las rocas, es una invitación a coger aquel don precioso de la naturaleza y saborearlo como la mejor de las bebidas; invitación imposible de rechazar después de tres horas de camino. Regresamos por la tarde y después de una rápida cena nos fuimos a la cama. El día siguiente dormimos toda la mañana para descansar de la fatigosa excursión. Como de costumbre por la tarde Lola remató su obra que esta vez hablaba del frío característico de aquella altitud bien representada por la línea que separa la última vegetación de la montaña yerma. De repente, aquella noche, un tiempo de perros cayó sobre el valle, yo dormité unos minutos escuchando el ruido de una lluvia torrencial y solo luego me acordé de mi coche. Había aparcado mi Dyane desde hacía semanas cerca del cementerio ¡con el techo abierto! No sabía si reír o llorar; frente a Lola que me miraba sin comprender, me vestí de prisa y, sobre los pantalones y el jersey, me calcé las botas de goma y me puse un traje de neopreno que utilizaba años atrás y que había traído desde Valencia porque no sabía donde ponerlo en mi piso de dos habitaciones. Pocos minutos después si alguien hubiera mirado por la ventana, habría visto a un participante de la American’s Cup cruzar a la carrera la plaza de noche. Naturalmente mi coche parecía una piscina: cerré el techo, proponiéndome para el día siguiente… no sabía que cosa. El regreso recorrido despacio fue incluso agradable. El espectáculo atmosférico entre lluvia a trechos casi horizontal por el viento, relámpagos y truenos fue fascinante, también cuando faltó la corriente y toda la aldea cayó en la oscuridad. Parece locura pero era muy bonito caminar en las tinieblas de vez en cuando interrumpidas por los rayos, única luz que permitía ver la dirección. A llegar a casa, dejé el traje abajo en el vestíbulo y subí. Me acogió Lola a la luz de una vela con una taza de té hirviendo que calentó mis manos antes y después, desde el interior, todo mi cuerpo. El mal tiempo continuó por unos días, sea también con algunos momentos de mayor tranquilidad, y sin alcanzar nunca más la intensidad de la primera noche. Por mucho que fuera fastidioso no poder salir a la calle, aproveché la ocasión para jugar a back gamón con Lola, un pequeño campeón, brindándole así la ocasión para mostrarme su superioridad y tomarme el pelo en una atmósfera de alegría nutrida ¡diablos! también por el vino tinto de Ramón, del cual había hecho abundante provisión. Momentos tan felices no deberían nunca tener término. La ilusión provocada por la euforia de la beatitud, es peor que la alcohólica y causa un despertar mucho más penoso. Una mañana, cuando ya habíamos abandonado las esperanzas, nos despertó el sol y mi primer pensamiento fue para mi pobre coche. Esperaba que aún no se hubiera convertido en un criadero de caracoles, ya que tenía necesidad de calor y de ventilación. Durante el recorrido hacia el cementerio ví que todas las mujeres refrescaban sábanas y mantas tendiéndolas en las ventanas. Toda la aldea parecía estar inmersa en una conmemoración de la edad media con la exposición de paños de todos los colores. Había dejado a Lola en la cama, y por cierto ahora nuestro edredón hacia gala como los otros. Ella, sin falta, estaba volviendo a ordenar la habitación después de nuestra permanencia forzada en casa. Primero cambié de lugar el coche, a empujones naturalmente porque sentarse habría sido una locura, lo coloqué lejos de los árboles para darle todo el sol que fuera posible, abrí el techo y todas las puertas, y esperé tener suerte. Volvería por la noche para cerrar todo. Durante unos días nos quedamos en la aldea, Lola no tenía ganas de pintar, no tenía ganas de nada, ahora me doy cuenta que algo se estaba alterando pero entonces no comprendí, pensé en un malestar pasajero y, como de costumbre, condescendí a lo que parecían caprichos de un niño. Dormíbamos toda la mañana, comíamos y solo por la tarde salíamos de casa. Detrás de la iglesia hay un pequeño parque infantil que tiene en el centro un monumento a los caídos inspirado en la estupenda fotografía de Robert Capa, la del miliciano golpeado hasta la muerte. De una abertura en la falsa roca bajo la estatua, una cascadilla representa la vida que resurge del sacrificio. En la totalidad nada tenía que ver con el dramatismo de la foto, solo un feo monumento en el lugar menos apto. Por la tarde el jardincito estaba alegrado por los niños que jugaban corriendo como locos entre columpios y toboganes, indiferentes a la retórica conmemorativa, no por falta de respeto sino por un talante característico de aquella maravillosa edad: vivir al día, teniendo aún demasiado poco pasado que recordar y solo vagos proyectos para el futuro. Horas y horas pasadas leyendo, mirando a los niños, hablando poco. Pero aquel miércoles Lola pareció volver en sí; estaba alegre, vivaz, sonriente. Toda la mañana volvimos a mirar comentándolos uno a uno sus cuadros; después de una alegre comida, quiso volver a ver aquel trecho del torrente ancho y sosegado, y ahí transcurrimos la tarde mirando las nubes y compitiendo para buscar, en ellas, rasgos humanos o perfiles de animales. Felices, por la noche nos fuimos a la taberna de Ramón para festejar la recuperada alegría, pero al final de la cena Lola me anunció su regreso a Madrid, de repente comprendí que su recobrada despreocupación era tan solo el resultado de una resolución tomada. No tuve la fuerza de hablar, solo una boba sonrisa en mis labios. Ahora, volviendo a pensar en muchas cosas que había dicho Lola, a las cuales entonces no había dado importancia, me doy cuenta de que su vida es como el vuelo de una mariposa, una línea quebrada que parece no llevar a nada pero, en la realidad, es coherente con su carácter y sus inagotables ganas de vivir. Estimulada por su irrefrenable necesidad de absorber aquí y allá todo lo posible de la esencia de personas y cosas. Lo que para ella había sido solo un amor sincero pero juvenil y pasajero, yo lo había creído maduro y definitivo. Durante toda la mañana siguiente, Lola recorrió hiperactiva la casa: llenó un bolso de mano con su ropa y la mochila que le había hecho, con su equipo para pintar. Quiso proceder a solas a empaquetar sus cuadros, tarea que la retuvo mucho tiempo en el desván. Durante toda la mañana yo escuché música sin prestarle atención mientras en mi cabeza vacía remolinaban pensamientos confusos. Lola cocinó algo simple y después de la comida, cansada por la frenética actividad, se fue a la cama, mientras yo preferí irme de paseo por la aldea y sus alrededores. Al regreso pasé por la taberna para pedir a Ramón que preparase una cena muy especial porque, contra viento y marea, quería despedir a Lola dándole las gracias por lo que me había dado en aquellos días. Durante la cena la miré fijamente todo el tiempo porque deseaba grabarme en la memoria para siempre su cara con todas sus expresiones. Sabía que no obstante lo que nos habríamos dicho, nunca volveríamos a vernos. En la mesa Lola no dejó de hablar, de elogiarme por mi hospitalidad y mi ternura, por todo lo que había hecho por ella; comprendí entonces que todo esto significaba dos cosas: nuestro encuentro había sido importante también para ella y su locuacidad escondía una cierta dosis de incomodidad. Volvió a casa algo bebida y de repente se durmió. A la mañana siguiente fui a coger el coche y al volver encontré a Lola que me esperaba debajo de casa con el bolso, la mochila y los cuadros; mientras ponía el equipaje en el maletero, Lola me pidió que la esperase y subió a casa unos minutos. A lo largo del declive, como yo había previsto, juramos vernos lo más pronto posible y cerca del puente romano buscamos incluso un motivo para reír con placer cuando nos percatamos de que teníamos nuestros traseros mojados: ¡los asientos aún no estaban secos completamente! Por suerte, llegamos junto con el autobús de modo que los saludos fueron rápidos: un abrazo. Lo inútil ya nos lo habíamos dicho. Aparqué cerca del cementerio, crucé toda la aldea sin curarme del espetáculo que iba oferciendo por mis pantalones rociados y subí a casa. Lo que ví aceleró los latidos de mi corazón: en el lugar más alumbrado del comedor Lola había colgado el cuadro de la pequeña iglesia de las rocas: por primera vez, en los últimos días, lloré.

“¡Violeta… Violeta!”: la voz fuerte de Juan que me estaba llamando interrumpió mis pensamientos. “¿Sí?” pregunté. “Me has pedido un tarro de la miel de “Cuartito”, ¡ahí está!, pero lo siento: unos paquetes recién llegados estaban precisamente delante del armario donde lo guardo y me han hecho perder tiempo, ¿estás aburrida por la espera?” “No te preocupes, me estaba haciendo castillos en el aire” Juan, que siempre era un vacilón con las mujeres, no comentó. “¿Quieres otro, guapa?” “No gracias” “¿Ni siquiera un trozo de pan con aceite y sal?”

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