La gitanita

¿Con amigos?, ¿a solas?, cómo hubiese llegado a la romería no se acordaba.
¿Con qué medio había venido?, ni idea y tampoco desde cuánto tiempo se encontraba allí.
El lugar, por momentos, parecía recordarle algo familiar pero no lograba, por más que se esforzase, fijarse en los pormenores.
Todo era como indefinido, suspendido en el vacío.
Flotaba entre la muchedumbre, empujado por su lento adelantar, mecido por su vocerío.
Se oían gorjeos, pero ¿de dónde provenían?, no había árboles para esconderse, además hacía un calor que habría siseado cualquier pájaro.
Sin embargo… se oían gorjeos… ¡Sí! Una señora gorda soplaba por la cola de un silbato de barro con forma de golondrina, el aire burburejaba en el agua puesta en su interior, y aquella gorjeaba alegremente; muchas otras, en el tenderete, formaban una bandada variopinta pero inmóvil y silenciosa.

Más adelante un hombre de grandes bigotes ensalzaba las cualidades del vino y del aceite producidos en su granja ofreciendo trocitos de pan mojado y chupitos.
Había luego, en el suelo, macetas y floreros de barro, más preciosos platos y ánforas de cerámica pintadas, azulejos y baldosas con citas divertidas.
Los tenderetes estaban por doquiera y cada vendedor exaltaba su mercancía como si hablase de sus propios hijos.

Dio con ella al volverse.
Una gitana se había puesto frente a él en jarras, sonriendo.
No una de las renegridas, sudorosas, sucias que lamentables palabras siempre van mascullando. ¡No!
Una chica linda, guapa, mejor sería decir guapísima; una chica de una belleza descarada y provocatoria, como la de una rosa purpúrea que acaba de abrirse y todavía no ha borrado los rasgos del pimpollo.
“Déjame leerte la mano.”
Él, no oyó, no contestó, solo sentía un vacío en el estómago como si estuviese precipitandose en el negro cegador de los ojos que le estaban mirando.
“Déjame leerte la mano”. Repitió la chica.
Volvió en sí, “No soy supersticioso. No creo en esas tonterías”.
“Tú puedes creer lo que te dé la gana, yo te digo que lo que leo en la palma de la mano solo es la verdad y, si no crees, no pierdes nada probando”.

Parecía muy resuelta, cierto no habría cedido fácilmente, qué bastaba contentarla y quitársela del medio, además… sus ojos…
“¡Vale! ¿Qué ves en mi porvenir?” dijo risueño alargando la mano.
Ella la cogió y… otra sensación de vacío en el estómago le produjo el toque leve y sensual de los dedos que deslizaban en su palma.

“La línea de la vida es larga y marcada, significa que tu vida se prolongará más allá de la media, serás longevo, sobrevivirás a tus allegados, pero está compuesta por dos trazos que se unen dibujando una equis, es decir que habrá un acontecimiento que dividirá tu vida en dos partes, un antes y un después.
El monte de Venus está hinchado y rosado, te sobran el vigor, el entusiasmo por la vida y la carga sexual”.
En los ojos negros, era cierto, había visto un destello de picardía.
“Tu destino está escrito en la línea de la suerte, esta que parte de la muñeca rumbo a la base del dedo de Saturno, cruza la línea de la cabeza y la del… corazón… tu línea del corazón se interrumpe bruscamente al encontrar la línea de la suerte y no prosigue.
Hay algo muy malo en esto, seguro ligado al acontecimiento que parte tu vida en dos… ”
“¡Madre mía!”
En sus ojos negros ahora estaba la noche más oscura, el despiste más inquietante, el terror más hondo.
“¡Madre mía!”
Se echó atrás, sus labios temblaban, no lograba quitar los ojos de la mano que había soltado y que parecía ahora la de un pordiosero por quedarse suspendida, intentaba decir algo sin lograrlo, por fin huyó.

¡Qué actriz!, cierto pronto se echaría a reír, cierto le había tomado el pelo para castigar su escepticismo, cierto volvería para pedir su recompensa.
Pero nada de todo esto ocurrió.
La espesa cabellera negra, la figura esbelta, el traje pintoresco, que había seguido con la mirada, habían desaparecido entre la muchedumbre.
Tonterías, ¿por qué el futuro de una persona habría de estar escrito en la palma de su mano?, ¿por qué un hecho, no ocurrido todavía, podría anunciarse en arrugas de la piel?
Pero, ¿qué había leído la chica esa en su futuro?
Había usado el verbo leer; sin querer, claro, no se puede leer el futuro, ninguno puede leer el futuro, ¡ni adivinan las previsiones meteorológicas!
Pero era curioso, cierto, la suya solo era curiosidad, ni por un ratito había pensado en dar el mínimo peso a esas estupideces.
Y, por curiosidad, solo por curiosidad, se puso a buscar a la gitanita.
La alegre muchedumbre voceando, que antes iba llevándole consigo, ahora, al parecer, había invertido su andar, se había vuelto muda y hostil, o por lo menos así lo entendía.
A cada paso se encontraba cara a cara con alguien estorbándole, como si cada uno y todo el mundo se hubiese confabulado en contra de él.
Estaba rodeado de gente y para adelantar un metro tenía que recorrer zigzagueando tres.
Se sentía retenido, enredado y estaba poniéndose ansioso; ahora tenía la necesidad de verla; el tiempo, dilatado, parecía inmóvil, amplificando en su cabeza la congoja por el miedo de no lograr encontrarla.
La curiosidad de antes, inocente deseo, iba transformándose en anhelo.
De repente se encontró fuera de la aldea.
La vio, estaba sentada en los escalones de un puente peatonal de madera que cruzaba un canal y daba a la nada.

Se echó a correr y siguió corriendo aunque la distancia parecía no disminuir; después de un tiempo indefinido, junto a su alcance, la bloqueó mientras, después de haberlo visto llegar, intentaba huir otra vez.
“¡Dime qué hay en mi futuro!”
“No puedo, tienes que creerme, ¡no puedo!”
Intentó nuevamente huir pero él la zarandeó echándola al suelo y se sentó a horcajadas sobre ella bloqueándola por las muñecas.
La hierba estaba caliente y húmeda, las rodillas se hundían como en un colchón blando.
“¡Dímelo!”… “¡Dímelo!” Abandonó la presa de las muñecas para agarrarla por el cuello.
“¡Dímelo!” y empezó a apretar.
¡Tú matarás!”… “¡Tú matarás!”
“¿Qué haces?, ¡Paco!, “¿Qué haces?”
Ya fuera de sí siguió apretando la presa.
“¿Qué haces?, ¡Paco!, “¿Qué ha…?
Solo oía un incesante latido en su cabeza como si esta fuera a estallar, “¡Tú matarás!”… “¡Tú matarás!”… “¡Tú matarás!”
Apretó hasta que la chica debajo de él se quedó inmóvil, luego se tendió sobre la hierba a su lado. Y se durmió o eso creyó.

Se despertó en la cama empapado de sudor y pronto se puso sentado, le pulsaban las sienes.
¡Qué pesadilla!”
Fue al cuarto de baño y, mirándose en el espejo, vio el rostro del padecimiento.
Se lavó la cara mientras el ruido del chorro cubría los últimos estertores de la muerte que provenían del dormitorio.
Se miró nuevamente en el espejo; inútil esconderlo, se daba cuenta de que los ataques volvían cada vez más frecuentes y más intensos; lo que encontró extraño era que su mujer no se hubiese despertado para tranquilizarlo y administrarle su medicamento.

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Próxima parada

El viejo llevaba algo menos de un mes viviendo con la única compañía de su maldita soledad.
La voz grabada anuncia:
Próxima parada: Colón

En el asiento del autobus saboreaba, con antelación, los únicos momentos felices que le esperaban, los mismos únicos momentos felices de todos los días.
Aunque cada vez más le doliese arrodillarse, los años debílitan, limpiaría todo, cogería cada hoja, quitaría el polvo, eliminaría todos los indicios de la lluvia del día precedente. Para esto, llevaba consigo una bolsa del supermercado con una botellita de plástico llena hasta la mitad de agua y jabón, una esponja para limpiar y unas bayetas para quitar el polvo.
Y haría todo esto con mano temblorosa, no por la edad sino por la emoción, sí, emoción, la misma que, hasta hacía un mes, probaba cada vez que, sentado con ella en un banco del parque, le quitaba una pluma caída de un nido o arreglaba un rizo rebelde. Cada vez aprovechando la ocasión para acariciarle la mejilla con trepidación.
Próxima parada. Correos

Emoción, sí, a pesar de los sesenta y tres años de boda, era exactamente esto, emoción, un sentimiento casi desconocido, más bien, un sentimiento que, a menudo, escondemos por vergüenza tras un silencio cohibido. Y cuando nos damos cuenta de que quisiésemos hablar, nos falta el interlocutor; es tarde, demasiado tarde, irremediablemente demasiado tarde, y nuevamente nos entra la vergüenza, pero esta vez en nuestros interior, contra nosotros.
No era el caso del viejo que siempre había sabido exteriorizar sus sentimientos. Por otra parte, imposible no hacerlo, ya que su amor por ella era tan grande que, desde el comienzo, cada vez que la contemplaba admirado, le rebosaba de los ojos haciéndole resplandecer la mirada, la misma mirada de ahora, iluminada por la espera.
Próxima parada: Salvador Dalí

Cuando todo estuviese en orden, sentado en un cubo volcado, el mismo utilizado para cambiar el agua de las flores, hablaría con ella. Hoy le recordaría la primera excursión a la montaña juntos, disfrutando del viaje en camión que Juan, su amigo albañil, tenía que hacer para llevar material a una aldea para una casa en construcción.
La verdad, fue poco romántico el viaje en la cabina los tres, con Juan que estuvo todo el tiempo hablando por los codos, pero ¡qué día inolvidable! Cuando Juan se quedó en su trabajo, fueron, a la carrera, a lo largo del sendero que salía de la aldea hacia la montaña, a la búsqueda de un lugar tranquilo.
Luego hubo besos y suspiros.
Próxima parada: Obispo Soler

Y a la carrera también la vuelta a lo largo del mismo sendero, para llegar a tiempo a la cita con Juan al que, por nada del mundo, habría hecho esperar. ¡Cómo corre el tiempo!
El viaje de vuelta fue silencioso para no corromper con palabras inútiles el recuerdo precioso, aun bajo el pretexto de unos bocadillos que, llevados consigo en un morral, habían olvidado comer.
¡Ay! el amor,
También Juan había tenido la boca cerrada todo el tiempo, quizás por el cansancio o quizás habían subestimado su sensibilidad y su cariño para los sentimientos ajenos.
Próxima parada: Conde de Buñol

Además le recordaríá, quizás, la primera vez que habían ido al restaurante, bueno, visto con los ojos de hoy, llamarlo restaurante es exagerado, de hecho se trataba de una taberna, decorosa, pero nada más que una taberna.
Llevaban unos años hablando de boda, pero, como a menudo ocurre, una cosa son los sueños y otra la realidad porque, por más que ganaban no conseguían alcanzar una estabilidad económica.
Al comienzo de la comida, el camarero, al traerle el plato, la había llamado “señora”; el “¡ojala!” que se le escapó de la boca hizo reír a todo el mundo pero, quizás, aquel episodio estaba lleno de buenos auspicios.
Próxima parada: General Urrutia

Seguiría el viejo, recordándole que, después de unas semanas, una propuesta de trabajo, con la cual, una vez más, Juan daba muestra de su amistad, le había puesto inesperadamente en la condición de ganar más.
Así, la boda no habría sido nunca más un sueño, sino el comienzo concreto de una larga, larga, larga vida feliz.
Esto pensaba el viejo sonriendo, comprobando otra vez si tendría todo lo necesario en la bolsa. Ya se sabe que el tiempo, corriendo, se lleva la memoria. Estaba todo, estaba contento el viejo porque se acercaba su encuentro, estaba emocionado el viejo porque estaba enamorado.
Próxima parada: Cementerio

La cabeza apenas ladeada a la derecha y apoyada en la ventanilla, el rostro sonriente de quien está satisfecho por haber alcanzado su objetivo.
El brazo izquierdo abandonado hacia abajo, la mano abierta y vacía.
La botellita, asomando de la bolsa caída en el suelo, ahora estaba llena de espuma blanca por los golpes, de hecho rodaba a la derecha contra el sostén del asiento, rodaba a la izquierda contra el pie del viejo, siguiendo el balanceo del autobus.
Las flores tendrán que esperar la lluvia.
Próxima parada: Cementerio

Terciopelo rojo

Hace muchos, muchos años, yo era niño y papá Noel ya era un viejo viejísimo.
Al comienzo del diciembre aquel le escribí mi carta, de verdad lo hicieron mis padres por mí, porque aún no sabía escribir, pidiéndole unos cuantos regalos, especificando que, entre todos, el que me habría hecho inmensamente feliz era la bicicleta. ¡Mi primera bicicleta!
Mis padres me aconsejaron no abrigar demasiadas ilusiones porque papá Noel no tenía mucho dinero (comprendí mucho más tarde que ¡él también vivía en el postguerra!). De todo modo escribieron lo que yo andaba dictando.

¡Navidad!
Al despertarme inspeccioné toda la casa encontrando muchos de los regalos pedidos, sin embargo, con mi gran decepción, que inútilmente intentaba disimular, de la bicicleta… ni hablar.

Muy avanzada la mañana fuimos, como de costumbre, a visitar una hermana de mi padre, viuda, que vivía con la hija, mucho mayor que yo.
Al llegar, mi tía me contó que algo extraño había ocurrido durante la noche. Despertadas ambas por un ruido, habían ido a la puerta del salón abriéndola despacio, inmediatamente habían oído rumores de pasos en fuga y la puerta-ventana del balcón batir con fuerza.
¡Dos mujeres a solas!
Habían vuelto a la cama esperando a mí, hombre, para ir a descubrir lo ocurrido.

Entré.
En el salón, ya lo habéis adivinado, estaba la bicicleta, con la campanilla, abandonada sobre la mesa aún envuelta, papá Noel, molestado, no había tenido el tiempo para ensamblarla.
Además, huyendo, se había rasgado el manto pues en el balcón había ¡una tira de terciopelo rojo!

Si no fuera por haberla perdida, muchísimos años después, en una mudanza, tendría aún aquella tira, así como aún estoy en deuda con papá Noel, ¡por lo menos el arreglo del manto!

Muerte e hipocresía

Luto por la muerte de
Juan Pablo González Sánchiz

Después de larga
y penosa enfermedad
nos ha abandonado
para siempre.

Gran corazón, alma sublime,
la viuda desconsolada
llora.

 

Luto por la muerte de
Juan Pablo González Sánchiz

Ha fallecido el hornero de mi pueblo, añado ¡por fin!
Hosco, huraño y, sobre todo, ignorante, eso es lo mejor que puedo decir de él.
Yo soy un individuo tolerante, comprensivo y paciente, logro convivir con todos, soporto a los molestos, me resigno frente a la superficialidad.
Pero los ignorantes… prefiero los malos porque estos, de vez en cuando… descansan.
Los habitantes de mi pueblo no tienen la misma sensibilidad de alma que me caracteriza, son más burdos, todo blanco o todo negro, ninguna tonalidad gris.
No puedo ni imaginar a nadie que pueda llevar luto, ni siquiera un minuto, por él.

Después de larga
y penosa enfermedad

Tenía sí una enfermedad, no se puede negar, pero la utilizaba como instrumento de suplicio para los demás, sin distinciones de sexo, edad, religión y grado de parentesco.
Con sus clientes se esforzaba por ser lo más bueno posible, o sea una bestia, mejor que eso no podía, pero para compensar esta ineludible limitación, con respecto a sus dependientes hacía cuanto estuviese en su poder para comportarse, si era posible, de manera peor, es decir, como una bestia feroz.
Nunca satisfecho del trabajo, siempre examinaba con ojo crítico todo lo que hacían y como lo hacían, tacaño también respecto a los altos fisiológicos, y no quiero hablar de los cigarrillos.

nos ha abandonado
para siempre

Nunca ha estado entre nosotros porque nunca hizo algo para entablar no digo amistad, pero por lo menos relaciones humanas decentes.
Demasiado sospechoso no quería permitir que un sentimiento lo conectara a otro individuo, temiendo que una vez establecido un canal abierto, algo pudiera pasar. ¿Huir parte de su maldad? o peor ¿un rayo de luz llegar al alma suya negra y humosa?
Hubo un momento en el cual me di cuenta de que un grave peligro se cernía sobre nosotros: hablé con Manolo y él, el más inquebrantable sostenedor de la reencarnación, me tranquilizó, tenía pruebas certificadas de que hay excepciones.

Gran corazón, alma sublime

Según la mayoría tenía corazón, aunque si los que sostenían lo contrario eran numerosos, la discusión, animada, habría podido proseguir horas si yo no me hubiera puesto en medio. Corazón sí, pero, puedo garantizaros, tan pequeño que para verlo habría que usar una lupa potente, muy potente y quien lograse verlo se daría cuenta de que tiene el aspecto de una hucha en forma de cerdo.
Por lo que concierne al alma, a lo mejor, en el momento crucial seguramente había huído bajo forma de pedo, por cierto maloliente como no se recuerda desde que el mundo es mundo.

¿Qué más podría decir? Eso es lo que pienso mientras, armado de paciencia, espero mi turno. Delante de mí, en la cola, aún hay muchas personas, todas muy absortas como quien cumple un rito entre sacro y profano. La muerte, de hecho, siendo el momento de tránsito, se pone a un pie ya en lo espiritual y el otro aún en lo secular.

La viuda desconsolada
llora.

La última vez que la mujer en cuestión había llorado, lágrimas falsas naturalmente, fue cuando su marido, por cierto gracias al soplo de un “amigo”, la había encontrado en un restaurante, con un chico muy atractivo algo más joven que él.
Pero antes de que tuviera tiempo para mostrar toda su contrariedad, ella ya había agarrado el toro por los cuernos, llorando, había fingido ser ofendida por la falta de confianza demostrada por su marido, afirmando que precisamente él y su enfermedad eran el objeto de la conversación con su amigo médico.
El pobre hombre no pudo más que echar marcha atrás y ofrecer la cena a los dos para disculparse.
Según se cuenta, el “amigo”, pensando ir a por lana, volvió trasquilado, de hecho, esperando recibir agradecimientos y favores, acabó cubierto de malas palabras.
Este fue el primero y el último episodio en el cual el hombre asomó la nariz.
No fue ni el primero ni el último para nuestra amiga desconsolada que, desde hacía mucho tiempo había aprendido el arte de la consolación poniéndola en práctica cada vez que fuese posible.

La cola ha terminando, ahora me toca a mí:
“Señora, no hay palabras para decir lo apenado que estoy, el país, el pueblo, el partido han perdido un hombre extraordinario. Ha dirigido el consejo con competencia, honradez y nobleza de sentimientos. Ninguno podrá hacerlo mejor.”
“Mi finado marido seguramente estará apreciando sus palabras. Por mi parte debo agradecerle por haber escrito una necrología que todos han juzgado tan pertinente cuan espontánea.”
“El corazón, Señora, el corazón me lo ha dictado. Si me lo permite, estaría honrado con una visita suya en la sede de nuestro periódico, tengo una colección de escritos de su marido que guardo como una joya preciosa y me gustaría mostrársela.”

Garantizándome su visita, la señora, cuya sensualidad resultaba acentuada por la sobriedad del traje de luto, cogió mis manos y las tuvo un tiempo más largo de lo necesario, quedando sus ojos fijos en los míos.

Ahora me toca a mí.

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Encontré a Marisa paseando en el parque. Habían pasado más de diez años desde la última vez que nos vimos, había sido durante el primer aniversario de BUP. La promesa de encontrarse cada año por el mismo evento, fue, como de costumbre, desatendida.
El gusto por el encuentro era recíproco y sincero.
Siempre guapa, además, el tiempo había vuelto su belleza más madura, la chica había dado paso a una mujer sensual.
Pasamos una hora, quizás una hora y media, hablando de recuerdos, de amigos comunes, de planes para el futuro, frente a una bebida. Ella aún soltera, yo recién separado, ambos sin un ligue importante.
Nos despedimos con la promesa de vernos lo más pronto posible, ella misma quiso darme el número de su móvil y, no teniendo donde escribirlo, recogió del suelo una de las páginas de un libro quebrado, que un viento ligero estaba dispersando como las hojas de palma sobre las cuales escribía sus profecías la Sibila Cumana.
Escribió el número, rasgó la esquina de la página y me dio el trocito.
Volví a casa sonriendo para mis adentros, había sido un encuentro agradable y que, seguramente tendría futuro.
Los días siguientes leí aquel número miles de veces, pero no quería dar la impresión de tener prisa y, por eso, aplazaba cada vez la llamada.
Lo que me hizo decidir fue lo que vi escrito en el trocito de papel cuando, sin ninguna razón, leí más allá del número.

Móvil ¿Una profecía? ¿Una última broma de la Sibila?
¡Estaba decidido a descubrirlo!
El día fijado, la cita era en mi casa, estaba listo horas antes del horario pero, cuando tocaron al timbre, me sobresalté sobre el sillón, después me dirigí a la puerta principal.

Tenía los mismos sentimientos y los mismos miedos de quien camina a duras penas a lo largo de un recorrido accidentado, pero, en mi caso, los accidentes se encontraban en mis adentros ¡caramba!
Me di cuenta en seguida que esto era verdad sólo en parte, había una excepción, aquella inútil mesita, que tenía que tirar desde hacía meses, y que todavía estaba por el medio.
La golpeé, recién salido del comedor, con la parte más sensible de nuestro cuerpo, ¿qué habéis entendido?… la canilla. Para no caerme, eché los brazos adelante y, sólo por suerte la percha, voluminoso regalo de tía Marisol, por el empujón, no cayó, limitándose a oscilar peligrosamente.
El dolor no disminuía y me di cuenta de que estaba sudando, sea por la reacción al sufrimiento, sea por haber llegado a la puerta saltando sobre la pierna sana.
Tomé un hondo respiro y abrí.
“¿¡Pilar!?”
Era mi vecina, una chica de la misma edad que yo, con su ancha sonrisa y un paquete en la mano. “He comprado la mermelada que me pediste, estaba en oferta así que cogí dos tarros, los pongo en la nevera.” Dijo entrando.
Cabe decir que nuestra amistad incluye frecuentes recíprocos favores; hace unos días, como su televisión estaba estropeada, usó mi dormitorio para planchar, por nada del mundo habría perdido su telenovela preferida y allí podía verla sin molestar el trabajo de traducción que tenía entre manos, en el comedor.
Eché un vistazo a la escalera: nadie.
Cerré la puerta.
“¿Te acuerdas del chico rubio que trabaja de cajero en el supermercado?” la voz de Pilar llegaba de la cocina “me ha pedido una cita, mañana por la noche, para tomar algo juntos. Le he dicho que sí: es un tío divertido y me parece una buena persona.”
“Si no te importa, espero a una amiga que no veo desde hace mucho tiempo… “
Sonó el timbre.
Abrí a Marisa.
Un abrazo un poco formal y fuimos al comedor.
“No creía que estuvieses en compañía” dijo viendo a Pilar.
“Te presento a mi vecina”
Las mujeres se cruzaron una sonrisa de lejos, cohibida la de Pilar y sardónica la de Marisa, como diciendo: a otro perro con este hueso.
Siguiendo la mirada de Marisa me di cuenta: ¡Pilar llevaba la bata!
Nos sentamos en el salón, bebiendo cerveza y hablando del tiempo, yo no sabía como orientar nuevamente la conversación sobre el chico rubio del supermercado, hasta que tuve la idea de ofrecer té, galletas y… mermelada.
¿Me estabas diciendo algo acerca de una invitación?
Tuve así la ocasión para hablar de la vida de soltera que ella conducía, de la oportunidad de tener un novio y de los beneficios de la vida en pareja.
Yo ¡recién separado!
Marisa, al menos así me pareció, mudó su actitud, quizás había comprendido que, de verdad, Pilar era sólo mi vecina.
Hablamos mucho en una atmósfera relajada y, a ratos, amistosa.
De vez en cuando Marisa me lanzaba miradas cómplices que, por fin, también Pilar notó y comprendió.
“Me gusta vuestra compañía pero tengo cosas que hacer en casa y no puedo quedarme más.”
Se levantó y se dirigió hacia la puerta principal.
¡Otra mirada de Marisa!
¡Otra vez la voz de Pilar!
“Había olvidado la segunda razón por la cuál he venido aquí, no te molestes, conozco el camino”
Se dirigió hacia mi dormitorio y, en cuestión de minutos, volvió haciendo alarde de un sostén suyo.
“Debo de haberlo olvidado el otro día” y con una sonrisa salió de casa.
¿Y la profecía? Tengo miedo de que también las sibilas, hoy en día, no hagan cosas a derechas, además nunca sabré si aquellas miradas de Marisa tenían el significado que yo esperaba.
Se fue, mejor dicho, huyó al cabo de cinco minutos.
El último recuerdo que tengo de ella es un beso aún más formal del precedente.

El atraco

“Lunga e diritta correva la strada…”¹ las palabras de la canción de Francesco Guccini que los tres canturreaban, parecían describir a la perfección la realidad silenciosa que los rodeaba en aquel martes de verano.
De verdad, la furgoneta equipada para el campamento en la cual viajaban era todo menos que silenciosa: expresaba en voz alta, por medio de crujidos, chismorreos y vibraciones de diferentes frecuencias, toda su contrariedad por estar todavía en servicio a pesar del montón de kilómetros recorridos, de la crónica falta de manutención y, sobre todo, de su edad ciertamente merecedora de un poco de descanso.
Pero, los tres, acostumbrados a este ruido, ni siquiera lo oían, como en la campiña el campesino, acostumbrado, no oye el estruendo de los grillos por la noche que casi impide dormir al ciudadano de vacaciones.
Sigue la furgoneta afrontando una larga pero ligera subida de la carretera que tiene que superar la cumbre de una colina. Llegados, a la cual, a los tres se les presenta otro largo trecho de carretera, derecho hasta el horizonte, pero interrumpido, a medio camino, por una pequeña ciudad.
Ya de lejos se intuye que hay una diferencia sustancial entre las dos mitades separadas por la carretera.
Poco a poco, acercándose, se descubre el motivo: la mitad a la izquierda, la situada entre la carretera y el río, es la ciudad vieja; la otra, la de la derecha, es la parte nueva.
Al llegar, dejaron la furgoneta en un rincón del aparcamiento del supermercado, que se encontraba a la derecha, en el territorio nuevo, y dieron un paseo por la plaza, aparentemente sin meta, que, en realidad, escondía una diligente inspección destinada a escoger el lugar más conveniente para aparcarla definitivamente. Lo localizaron, estaba ocupado por un coche, y por esto  decidieron aparcarla después de comer, cuando el otro se hubiera marchado.
Cruzada a pie la carretera gracias al pasaje subterráneo, fueron a la búsqueda de algo de comer y se dirigieron hacia el centro.

Primero habló Milagros: “Tengo ganas de algo ligero y fresco: verduras, patatas cocidas y agua, mucha agua: el viaje, todo el día bajo el sol, me ha deshidratado.”
Llegaron a la plaza. “¡Mirad! Hay una tasca.” dijo Santiago. Ingresaron bajo las miradas sospechosas de los clientes, repentinamente silenciosos, solo un poco contrapesadas por la sonrisa interesada del dueño. “Tú ve al baño a refrescarte mientras tanto Navarro y yo tomamos un vaso de vino blanco, ¡nosotros también estamos… deshidratados!”
Al volver a la sala, Milagros vio a sus amigos sentados en la mesa bebiendo vino y hablando con el dueño, cuya sonrisa ya se había vuelto sincera y cuya mirada se trasladaba entre los dos y otros consumidores, con anchas señas afirmativas de la cabeza, un poco para implicarlos, un poco para pedir una señal de apoyo.
La de romper el hielo y ganar la confianza de la gente era la primera parte de la operación, siempre desarrollada por Santiago que en este arte es un maestro.
Milagros se entrometió con gracia y decisión: “Mis propósitos virtuosos tienen vida breve: quizás para hidratarme mejor una cerveza”.
Pasaron una noche divertida, comiendo y bebiendo con moderación: esto también estaba orientado a trasmitir la imagen de tres buenos chicos.
Fueron a dormir a la furgoneta.
Por la mañana, temprano, como de costumbre, primero se despertó Navarro, fue a la fuente a lavarse la cara y luego se puso a preparar el desayuno y a esperar.
No tuvo que esperar mucho, como estaba previsto llamaron a la puerta lateral, y él, con una sonrisa, abrió a la policía.
Los otros dos, en absoluto sin asombrarse, se limitaron a un unísono y un poco adormecido: “¡Llego enseguida!”
Documentos personales, los de la furgoneta, inspección de la misma. ¡Nada nuevo!
El policía más anciano era el más rígido, al limite de la intolerancia: “¡Chicos! No puedo impediros instalar aquí, por unos días, vuestro cacharro, aunque si lo haría con mucho gusto, pero ¡cuidado!, creadme un solo, pequeño problema y ¡desdichados de vosotros!”
“Agente…”
“¡Sargento!”
“…sargento, puedo garantizar que ni mis amigos ni yo tenemos la más pequeña intención de crear un problema ni tampoco una molestia.” Una vez más Santiago interpretaba su papel.
Después de un último gruñido, lanzado a través de la ventanilla abierta, el coche de la policía salió a escape haciendo chirriar los neumáticos y llevando consigo toda la enemistad del sargento.

Empezaron enseguida una actividad que duraría días: observar y anotar todos los movimientos de los dueños y de los clientes de las tiendas que se encontraban más allá de la carretera. Trabajaron todo el día, turnándose, hasta las diez, luego fueron nuevamente a la tasca.
Entraron y saludaron a todos, correspondidos por el dueño y por la mayoría de los consumidores, con la excepción de los cuatro sentados a una mesa en el rincón de la derecha, ¡entre ellos el sargento!
Santiago, sin tener en cuenta el mensaje, por otra parte, muy claro, se dirigió hacia él y con una sonrisa irresistible: “¿Tregua? Ustedes están fuera de servicio y nosotros… también”
De la boca del sargento, en lugar del usual gruñido salió: “¡Vale! pero creadme un solo…”
“… pequeño problema y ¡desdichados de nosotros!” concluyó Santiago.
Cogido por sorpresa, el sargento se refrenó esbozando una sonrisa, pequeña pero suficiente para confirmar que no hay fortaleza que, tarde o temprano, no se derrumba.
Cena tranquila y alegre también, sobre todo después de que se fueron, despidiéndose, los policías.
Desde aquella noche, la policía daba su vuelta de inspección en el aparcamiento del supermercado, pero sin acercarse demasiado.
Durante días los tres llevaron una vida insospechable: paseando por el centro, dándose un chapuzón en el río, corriendo, a veces, con ropa deportiva, unos kilómetros a lo largo de senderos. Nunca al mismo horario, pero, invariablemente, en pareja: uno siempre se quedaba en la furgoneta para llevar adelante su investigación acerca de los movimientos en el área de las tiendas; los de la policía incluidos, naturalmente.

Después de una semana de observación, decidieron actuar al día siguiente, por la mañana.
El dueño de la tienda, todos los miércoles, llegaba una hora antes del horario de apertura para hacer la limpieza de mitad semana, por lo tanto los demás propietarios aún tenían que aparecer. Casi todos los parientes estaban ajetreados acompañando a los niños a la escuela; el único problema era la tripulación del coche de servicio de la policía que, antes de ir a vigilar a los chicos que iban a la escuela, daba una vuelta de inspección en la zona de las tiendas.
¡Un problema que resolver!
Transcurrieron, como de costumbre, la noche en la tasca, donde ahora los policías, sargento incluido, tenían una actitud, si no precisamente cariñosa como los demás, por lo menos cordial.

Temprano por la mañana, los dos hombres se pusieron el conjunto deportivo, colocaron las bandoleras dentro de dos pequeñas mochilas, una para cada uno, y se despidieron de Milagros.
Cruzada la carretera corriendo a lo largo del pasaje subterráneo lo más rápidamente posible, para no encontrarse con nadie, llegaron al puesto establecido cerca de la entrada posterior de la tienda y se escondieron.

Milagros, escuchando música fuera de la furgoneta, esperó ver el coche de la policía hacer su inspección del aparcamiento y cuando ya estaban para irse, saludó en voz alta agitando la mano.
Los policías habían notado que uno siempre se quedaba cerca de la furgoneta mientras que otros dos hacían actividades y no se resistieron a la tentación de encontrar a Milagros a solas; con mayor razón, el sargento no estaba de turno de patrulla.
La chica, que llevaba una camiseta veraniega con un amplio escote, se mantuvo un poco lejos del coche antes de lanzarse provocativamente a la ventanilla apoyándose con los codos. Hablaron una decena de minutos o quizás más sin que los policías la miraran a la cara.
De repente se dieron cuenta del retraso, tenían que ir a vigilar a los niños, habrían hecho luego la vuelta de inspección de las tiendas más allá de la carretera.
Se despidieron de Milagros que, terminada su prima tarea, se puso un traje juvenil, desenvuelto pero elegante, tomó un maletín muy profesional y cruzó el pasaje subterráneo, tomando una dirección diferente a la de sus amigos.

El dueño llegó puntual, abrió la puerta de servicio e inmediatamente fue empujado adentro por Navarro. Santiago cerró la puerta detrás de ellos.
En la penumbra el pobre hombre se volvió y después de un momento de estupor, puso las manos arriba.
“¿Estás loco?” exclamó Santiago “¿Parecemos ganforros con pistola colgada del cinturón?”
“Mejor, baja las manos y abre la ventana y las persianas, no me gusta la oscuridad y tampoco el olor a cerrado.”
El hombre, sabiendo que se encontraba solo contra dos, no podía negarse a sujetarse, e hizo lo que le habían pedido y se sentó.

Milagros, sentada a la mesa de un bar, había esperado a que la señora volviese de la escuela donde había acompañado a sus niños y, cuando la vio entrar en casa pidió la cuenta. Pagó y se puso en la solapa de la chaqueta la tarjeta de identidad y fue a tocar el timbre. Al llegar la señora: “Buenos días señora Gutiérrez, me llamo Milagros y trabajo en Dermocosmética” dijo indicando la tarjeta “y estoy aquí para hacerle la demostración concertada para esta mañana. ¿Puedo entrar?”
“¿Dermocosmética? lo siento, pero no sé nada.”
“Señora, lo siento yo también, pero su nombre es el primero de la lista en mi programa de trabajo diario, puede ser que las empleadas se hayan hecho un barullo y se hayan olvidado de llamarla. Sin embargo, mi problema es que si no hago, cada día, el número previsto de entrevistas, me dejan en casa sin sueldo, ¿puede ayudarme?”
La sonrisa de Milagros desarmaba, sus ojos imploraban, toda su persona inspiraba confianza, simpatía y, porque no, un poco de ternura también
“¿De qué se trata? ¿Hablaba de una demostración?”
“Sí, de esto se trata: le enseño nuestros productos de belleza, le hago un tratamiento de cutis, gratuito, y al final, si quiere y sin compromiso, puede decidir si comprar algo. No le haré perder más de  media hora”.
Después de un último momento de indecisión, la mujer dijo: “¡Vale! Las amas de casa, entre los cuidados al marido, a los niños, a la casa, destinamos muy poco tiempo a nosotras. Esta es una ocasión para hacer un alto durante mi trabajo. Me has convencido, ¡adelante! Me llamo Sonia, ¿podemos tutearnos, verdad?”
Había sido más fácil de lo previsto, Milagros entró cerrando la puerta tras de si.

El dueño, se dio ánimo y tentó una reacción, por lo menos verbal: “Me parece que los locos sois vosotros: no tenéis un arma, me habéis concedido, no, más bien me habéis pedido vosotros mismos,  abrir la ventana. Si me pongo a gritar ¿sabéis cuanta gente llega aquí en dos brincos?”
“¡Nadie! ¿Te has olvidado que el miércoles vienes a la tienda una hora antes que de costumbre? ¡Mira! la calle está casi vacía. Y si estás pensando en la policía, ¡qué lastima! Ya lo habríamos previsto”. Las palabras de Santiago parecían no dejar duda sobre el escenario y por si fuera poco, habló Navarro: “Además, tienes que pensar en tu mujer.”
“¿Qué tiene que ver mi mujer en todo esto?”
“¡Pregúntaselo!” dijo Navarro, acompañando al dueño hacia el teléfono.
Después de numerosos timbrazos, cuando por fin oyó la voz de la mujer, “¡Sonia!” dijo en tono entre  asustado y  atento.
“Querido, no puedo hablar, estoy en manos de una chica…”
La comunicación fue interrumpida por Navarro.
Era un hombre acabado: “Coged lo que queráis, pero que sepáis que todas las noches deposito la venta en el cajero automático y dejo solo poco efectivo para el día siguiente, no se cuánto dinero podéis encontrar en la caja”
“¿Dinero?” dijo Navarro
“¿Dinero?” hizo eco Santiago “¿Dinero? Tú no has comprendido nada, a nosotros nos importa un pito el dinero, nosotros estamos aquí ¡por los libros!”
Pensamientos diferentes repercutían en la cabeza del librero hasta que uno tomó la delantera sobre todos los otros: ¡los dos hombres verdaderamente estaban locos! y la expresión de su cara lo gritaba a los cuatros vientos sin intentar esconderlo.

Primero se dio cuenta Navarro del estupor del librero. “Escucha” le dijo “hay personas que no pueden leer porque no pueden comprar libros y no pueden comprar libros porque las editoriales tratan los libros como si fueran fruta”.
“No sé si me entiendes: ¿El libro acaba de publicarse?, es una primicia, tienes que comprarlo en edición de lujo y pagar un montón de dinero; solo cuando todos los ricachones lo hayan comprado y lo hayan puesto para lucirlo en su biblioteca, solo entonces un verdadero lector puede comprarlo en edición económica”.
“¿Económica?” era la voz de Santiago “La verdad es que ni siquiera la edición económica es económica. Con el pretexto de costo de producción, gastos generales, costo de distribución, derechos de autor ¿dónde se pone el derecho del lector?”
“Se habla tanto, demasiado, ¿no es cierto, Santiago?, del carácter sagrado de la vida, olvidando que esta es sagrada solo si tienes qué comer, de lo contrario es de mierda como la de millones de personas que se mueren de hambre en el mundo.
Pero es igualmente importante abastecer el espíritu de su alimento: la cultura. Un hombre culto es un hombre libre y un hombre libre conserva, en cualquier situación, su propia dignidad.
La cultura es la única cosa que nadie, tampoco el peor dictador, la muerte, puede quitarte, porque la cultura, desde cuando aún no existía la historia, se transmitía de boca en boca, de hombre a hombre, de la manera más silenciosa y humilde de mujer a mujer, y, recientemente, de libro a libro”.

El librero había escuchado todo en silencio mientras se asomaba a su mente un pensamiento de Bioy Casares:

Creo que parte de mi amor a la vida
lo debo a mi amor a los libros

Los dos ahora le parecían más extravagantes que verdaderamente locos; quizás, de la misma manera que  Casares, era este amor un poco delirante por los libros, lo que los había hechos amigos y lo que hacía nacer en ellos un gran amor para la vida, la aventura y el azar.

Juzgando exhaustivas las explicaciones exhibidas, Santiago y Navarro empezaron a escoger libros, rigurosamente en edición económica, poniéndolos en las bandoleras que habían sacado de las mochilas.
“Estas novelas del corazón y estos cuentos un poco livianos son perfectos para nuestros viejecitos de la residencia”.
“Yo he encontrado estupendos libros para niños, me parece que son ideales para un donativo anónimo al parvulario de Don Carlos”.
“¡Alto ahí! Vosotros habláis muy bien y quizás tengáis también razón, sin embargo ¿por qué tengo que ser yo quien pague?”
“Antes que nada porque tienes que estar orgulloso de contribuir al éxito de una empresa meritoria…”
“Mi amigo Santiago quiere decir que, por cierto, tienes un seguro; solo tienes que denunciar el robo de los libros, ocurrido posiblemente durante la noche y descubierto por la mañana a la apertura de la tienda de manera que no pierdes nada, ¿vale?” Frente a este lógica férrea, el librero no contestó, es más se puso a reír, primero suavemente, luego más fuerte, al final se reía a carcajadas; por el nerviosismo, seguro, pero también porque aquellos dos locos habían hecho mella en su corazón.
Terminado el trabajo los dos hablaron unos minutos con él y después se despidieron con una sugerencia: “Ve a ver a tu mujer”.
Cruzaron corriendo la calle que atravesaba el barrio de las tiendas y conducía al pasaje subterráneo, no les gustaba ser vistos, no formaba parte del plan.
Llamaron al móvil a Milagros “Todo bien, nos vemos en la furgoneta”.
“Yo también he terminado, estaba hablando con la señora esperando tu llamada, voy para allá”
Y así fue.
Como de costumbre dos, en conjunto deportivo, fueron a correr a lo largo de un sendero de campaña.

El librero, cerrada la tienda, fue  hacia casa.  Frente a la dificultad de abrir la puerta con la llave, ya que estaba, comprensiblemente muy  agitado, tocó el timbre. Su mujer abrió la puerta y se adelantó para ponerse bajo la luz del sol.
“¡Sonia! ¿Cómo estás?”
“¿Cómo estoy? Tú debes decirlo como estoy, ¿no tienes ojos para tu mujer?”
“¿Has ido al peluquero? ¿No estabas en manos de una chica?”
“Sí, te lo he dicho una chica, era una demostradora de la Dermocosmética y me ha hecho…”
“¡Hijos de p…!”
“Querido ¿Cómo hablas? Por suerte, no están aquí tus hijos. ¡A propósito! ¿Qué haces aquí? ¿No has abierto la tienda?”
“Sí, pero… esta noche… han robado unos libros y tengo que ir a la policía para poner la denuncia”
“¿Han robado libros? Serán unos locos”
“Lo pienso yo también”
Muy avanzada la mañana, el coche de la policía llegó al aparcamiento del supermercado parándose en dirección a la furgoneta pero un poco lejano como si sus ocupantes no estuvieran seguros sobre lo que hacer.
Santiago se acercó e hizo al sargento una seña de saludo:
“Sabemos del robo. Sentimos que en un pueblo tranquilo como este, donde todos se conocen, y donde hay una vigilancia de la policía tan eficiente, pueda ocurrir un hecho tan execrable. Naturalmente, siendo nosotros los únicos extranjeros, nos esperamos su registro”
“No pienso que podáis estar tan locos de cometer un robo estando bajo riguroso control desde el día de vuestra llegada”
“Sargento, ¡cómo si no lo conociera!, Usted es como las ortigas y nunca admitirá sentir simpatía por tres vagabundos como nosotros. Pero yo no puedo permitir que esta pequeña flaqueza le impida cumplir con su propio deber. Le pido, por favor, que nos registre”.
Una mirada a sus ayudantes y: “¡La furgoneta!”
Los policías volvieron en cuestión de minutos: “En la furgoneta no hay nada”.
El sargento no oyó, porque no escuchaba, porque no estaba allí: una puerta de hierro pintada de rojo en una baja construcción al lado del supermercado, llamaba toda su atención.
No tuvo necesidad de hablar, hizo una señal con la cabeza y sus hombres lo cogieron al vuelo.
El tiempo se había ralentizado y parecía no pasar nunca.
Santiago, permaneció inmóvil, su mirada no translucía ninguna emoción, ni siquiera atisbó la operación: no quería manifestar tener los nervios crispados por la tensión mental de todo el día.
Se volvió solo cuando oyó cerrar la puerta de hierro.
Los policías caminaban despacio, sonriendo y cuchicheando entre ellos, hasta que, frente al sargento, se encogieron de hombros y: “Hay solo cartones”
“Y cajas de fruta vacías, basura”

Transcurrieron la tarde haciendo limpieza y orden, después de una semana de parón, en la furgoneta, replegando los sacos de dormir, guardando en su rincón los catres de tijera, desconectando los cables de las luces provisionales.
Cuando terminaron, el vehículo estaba listo para ponerse en marcha. Pasaron la noche en la tasca descuidándose un poco más que de costumbre: la imagen de buenos chicos ya estaba consolidada y, a decir  verdad, ahora tampoco se necesitaba.
Por la mañana recorrieron, por primera vez, el pasaje subterráneo con la furgoneta para echar gasolina: astutamente, en efecto, la gasolinera había sido puesta un poco al interior de la ciudad, para atraer a gente e incrementar el comercio y, en el período veraniego el turismo.
Fueron a la tasca a desayunar, recorrieron a lo largo y a lo ancho toda la aldea despidiéndose de todos lo que habían conocido en una semana de ocio aparente y, por fin, llegaron a la librería.
Se quedaron unos minutos, justo el tiempo para retirar los bolsos de los libros, que desde el comienzo habían quedado escondidos allí, y escuchar al dueño que los ponía de vuelta y media bromeando.

Tomaron, en dirección opuesta, la misma carretera que habían cruzado hacía una semana. En el aparcamiento del supermercado el sargento y uno de los agentes estaban fumando un cigarrillo cerca del coche, Santiago, que conducía la furgoneta, llamó su atención con dos toques de claxon, se despidieron con la  mano.

Recorridos un par de kilómetros, empezaron a canturrear:

“Nel mondo di oggi più di ieri domina l’ingiustizia, ma di eroici cavalieri non abbiamo più notizia; proprio per questo, Sancho, c’è bisogno soprattutto d’uno slancio generoso, fosse anche un sogno matto…”²

De “Canzone per una amica” de Francesco Guccini:
“Larga y derecha corría la carretera… ”

De “Don Chisciotte” de Francesco Guccini:
“En el mundo de hoy en día domina la injusticia pero de heróicos caballeros no tenemos noticia, por esto, Sancho, hay necesidad de un arranque de generosidad, aunque sea un ensueño loco…”

Soñaba con un bosque

Esta noche soñaba con un bosque.
Un dulce sueño, suave, pero, al mismo tiempo, intenso.
Era otoño, estoy seguro por los colores y la luz tibia, por los últimos patéticos esfuerzos de las hojas de enfrentarse con el viento y su vuelo hacia el suelo como a la cámara lenta, sin prisa, con anchas volutas, conmovedora tentativa de retrasar el definitivo contacto con la tierra, la entrada en aquel cementerio común que es la alfombra de alas mustias, robadas al viento de las frondas.
Era otoño, sí, por el olor penetrante, casi un sabor, a moho, y el calor que salía de la tierra contando una historia de muerte prometiendo vida.
Andaba yo, pisando las hojas, sin ruido, casi distraído, molestado, por los rayos de sol que se encendían y se apagaban, antojadizos, al cruzar el ramaje.
De repente, imperceptible, un movimiento.
Me paro y el tiempo también se para, retengo el aliento y el viento también cesa, solo… tal vez no sea nada, tal vez… sin embargo, imperceptible…
Azabache tenía los ojos, pero luminosos como luceros; ahora inmóvil, me miraba un erizo.
Me acerqué, me puse de rodillas despacio, tenía miedo que huyese pero, al mismo tiempo, deseaba ganar su confianza.
Se encontraba, por fin, al alcance de mi mano y no resistí al impulso de acariciarlo.
Estaba seguro de que, si hubiese sentido el temblor de mi mano y la incertidumbre del toque, habría comprendido que tenía yo también su mismo miedo.
No me lo permitió, rápido se volvió levantando sus aguijones y me picó.
No sé si soñando se siente dolor, lo que sé es que me encontré despierto, encendí la luz, miré mis dedos y en el corazón había algo carmín.
Era una gota de sangre.

La amante

“¡Tengo que decirle toda la verdad!”

Paco conducía su coche despacio y de mala gana, bajo una lluvia que caía desde hacía unos días, por la carretera costera. Tenía treinta y cinco años y, desde hacía más de cinco, la recorría cada día, de casa a la oficina por la mañana, de la oficina a casa por la tarde.

“Lo que más me hace sufrir es mentirle, es cierto que no lo merece: su amor es inmenso, su vida transcurre al ritmo de mis exigencias y todo lo que hace por mi lo hace de buena gana.
Por mi parte, desde siempre, correspondo a sus sentimientos con un amor nunca disminuido… ¡este semáforo está siempre rojo!”

Paco, a pesar de su sólida cultura científica, como todos nosotros, tenía la tendencia a olvidar el cincuenta por ciento favorable de los acontecimientos, para recordar sólo la mitad desfavorable.

“¡Qué demonios! Durante años, muchos años de vida juntos habíamos discutido pero, tal vez, una discusión puede servir para interrumpir la monotonía de una vida entre dos.
Además las nuestras, siempre nacen por tonterías y nunca superan la prueba de la noche con sus consejos.
Una situación que seguramente muchos envidiarían y quejarme me parece un comportamiento ingrato. Sin embargo…”

El sonido del móvil interrumpió los pensamientos de Paco, pero éste no le fastidió porque sabía quien era. Pulsó la tecla del manos libres y habló sin incertidumbre:
“Hola guapa”
“Hola Paco”
“¿Ya has llegado a casa?”
“Sí querido, después de despedirnos, fuera de la oficina, he ido al supermercado con Ana a comprar un poco de jamón para la cena, mientras ella buscaba unas especias para cocinar algo italiano para su marido. Luego he ido de corridas a casa para llamarte. ¡Vivir en un pueblo pequeño tiene sus ventajas!”
“Chica, hoy por la tarde, mientras me traías los papeles para firmar, habría querido cogerte a escondidas la mano pero en seguida ha entrado alguien, tampoco recuerdo quien era, y me he detenido.”
“Yo también, cuando estoy en tu despacho quisiera acariciar tus dedos, tus manos y tu mejilla, pero tenemos que estar atentos, sobre todo en la oficina.”
“Escucha, Leonor, he pensado decirle que el domingo el Grupo Escaladores ha organizado una excursión. Ella sabe cuanto me gusta ir por las rocas y  seguro que será feliz  dejándome ir.
Así podremos pasar todo el día juntos; me han hablado de un pequeño y agradable restaurante, a las afueras de Cuenca, que, además de una cocina excelente, ofrece la posibilidad del… descanso postmeridiano. ¿Qué te parece?”
“Para mí bien, pero no podemos continuar engañándola con estos pretextos, tarde o temprano tendremos que decirle la verdad”.
“Estoy de acuerdo, mejor tarde que nunca”.
“¡Vale Paco! nos vemos el domingo”
“Sí querida, en el café de la calle Colón, donde nadie nos conoce, ¡vivir en una ciudad tiene sus ventajas!”
“Tenemos que aguantar sólo un día; ya sabes que el sábado tengo que ir de compras con ella, siempre el mismo plan: al supermercado y vuelta a casa con la compra, luego vamos de tiendas entre jerséis, camisetas y ropa interior que nunca compra porque sostiene que sería una locura gastar dinero inútilmente, para ella el vestuario que tiene está siempre como nuevo.
Por la tarde, después de la siesta, aperitivo, rigurosamente sin alcohol y al final la pastelería para escoger el postre del domingo”.
“Un besito”
“Un abrazo”

Paco siguió conduciendo con una sonrisa en sus labios que no quería marcharse. Aún oía el sonido de la voz dulce de Leonor y sólo cuando ésta desapareció entonces la sonrisa se apagó y Paco volvió a pensar.

“Desde que he conocido a Leonor… no, no es verdad, conozco a Leonor desde que  empecé a trabajar en esta empresa,  porque ya era la secretaria de mi predecesor, pero por largo tiempo nada había hecho presagiar todo esto.
Más correcto decir desde cuando nuestra relación, hasta aquel momento, cordial, pero nada más, que nunca salía del ámbito laboral, sufrió un cambio imprevisto y arrollador, ¡mi vida se trastornó!

Aún recuerdo que fue ella, una tarde poco antes de Navidad, al final del trabajo, a pedirme si podíamos tomar un aperitivo juntos; tenía que ir a la estación de trenes para recibir a una amiga pero tenía una hora de espera y no le gustaba transcurrirla sola. No me pareció correcto negarle un pequeño favor y además la petición iba acompañada de una sonrisa irresistible.
La hora huyó como si los minutos se hubieran vuelto segundos, nos despedimos, ella fue a la estación y yo a casa, diciendo la primera mentira.
Desde entonces los encuentros se multiplicaron, las mentiras también.
Me di cuenta de que mi vida iba a cambiar, que tenía una razón más para vivir, como si una invisible cortina rasgándose de repente hubiera revelado algo precedentemente excluido de mi comprensión, algo que nada habría podido borrar, algo que habría  impedido a quien fuera separarme de Leonor.”

Cuando además de recorrer la misma carretera cada día, se hace en el mismo horario, ¡salvo agradables imprevistos!, la mayoría de los acontecimientos son previsibles.
Como siempre, de hecho, el paso a nivel estaba cerrado y la espera no sería breve. Paco paró el motor, puso la radio y se apoyó en el reposacabezas con los ojos cerrados, dejando que una desenfrenada Tori Amos le invadiera la cabeza con una magistral ejecución de “Cornflake girl”.

“Entenderá, es una mujer inteligente, entenderá. Me esforzaré en ser comprensivo pero convincente, entenderá.
No tengo intención de renegar del todo lo que ella me ha dado, pero con Leonor mi vida tiene un nuevo sentido.
Mejor no dejar transcurrir más tiempo, mejor hablarle hoy mismo.
Claro que esto significará renunciar a la calaverada del domingo, pero, sin duda, es una aclaración necesaria y será el comienzo de una nueva vida, para todos.”

Cuando el paso a nivel se abrió había terminado de llover; Paco recorrió pocas decenas de metros y giró a la izquierda, un pequeño desvío para ir al bar de su amigo Fernández.

No tenía prisa, ahora, seguramente, ella estaría chismorreando con sus amigas en el pequeño parque infantil frente a casa y, sobre todo, el no podía llegar demasiado temprano para no levantar sospechas.
Fernández era el único que estaba al corriente de todo, amigo desde siempre, comprendía la angustia de Paco como si fuera un hermano.
El bar estaba vacío, la lluvia nunca ha sido aliada de la vida fuera de casa.
“Hola Fernández”
“Hola Paco, hace unos días que no te veo ¿qué ha pasado?”
“Si no me ves, tienes que estar contento, significa que estoy pasando mi tiempo con Leonor.”
Tomó un platito, escogió unos pinchos y se sentó en un taburete frente a Fernández, el cual ya había preparado dos vasos de blanco.
“¡He tomado una decisión! al llegar a casa le hablo, sin esperar un minuto más, estoy harto de mi doble vida, a mí que no me gustan las mentiras, tengo que estar atento a todo lo que digo, ¡es un lío!”
“Me parece la misma decisión que tomaste la semana pasada.”
“¡No me tomes el pelo! Quiero comprensión”
“¡Paco! Estoy bromeando para levantarte el moral, pareces un niño llevando a casa un feo boletín de notas.”
Continuaron así, hablando un poco en serio, un poco en broma, hasta que Paco decidió que había llegado el momento de irse.

En cosa de unos minutos retomó el desvío en dirección inversa, en el cruce giró a la izquierda y se encontró nuevamente en la carretera principal. Desde ahí faltaban pocos kilómetros a su casa.
Conducía distintamente a antes; la decisión tomada le había dado más garra y una determinación nunca conocida.
Aparcó el coche en una calle lateral, recorrió pocas decenas de metros y se encontró delante del portón, sacó las llaves lo abrió y acto seguido las metió en el bolsillo. Nunca habría abierto la puerta de casa con llave, a ella le gustaba mucho recibirlo personalmente a su vuelta.

El campanilleo le hizo sobresaltarse como si no hubiera sido él mismo a tocar el timbre.
“Hola querido, bienvenido”
¡Ánimo, ahora! Hola… tengo que hablarte”
“Después de la comida.”
“¡No! Tengo que hablarte ahora”
“Después de la comida, querido, he cocinado algo especial.”
“¡Mamá! Tengo que… ¡vale!… después de la cena, mamá.

Volver

Era la primera vez que regresaba a Las Piedras después de que Lola me abandonara. Durante todo el tiempo en el que había deseado creer en su alejamiento, ¡algo más inesperado que un chubasco veraniego!, como un acontecimiento temporal y reversible, no había querido volver allí para no plantar cara a la realidad. Aquella aldea, lo habéis entendido, había sido el escenario de nuestro amor desde el primer encuentro casual hasta el final. Aquel miércoles yo lo había creído un día feliz hasta que ella, al final de la cena, me anunció cándidamente que el viernes regresaría a Madrid. ¿Cómo había podido ocurrir? Más de una vez, durante noches en vela, intenté comprender lo que había sucedido y la causa. No llegué a ningún resultado pero comprendí una cosa: huir no era el remedio. Había que dar marcha atrás para darme cuenta de que todo se había acabado; nada, nunca, habría vuelto a ser como antes y que en lugar de alejar aquellos momentos de mis pensamientos, habría sido mejor guardarlos para no perder aquel fugaz pero extraordinario don que fue Lola. Llegué por la tarde en autobús y descendí en la parada cerca del puente romano de piedra rústica que cruza el río y origina una carretera de tierra que trepa, entre dos alas de montaña, costeando un torrente invisible porque mucho más abajo, y conduce a un valle menor. De allí, a lo largo de todo el recorrido, la aldea está escondida a la vista y se descubre de repente solo dando la vuelta a la última curva de la carretera. Caminé media hora, aunque normalmente no se necesitaban más de veinte minutos, porque a medida que me acercaba a nuestra… a mi casa, mis piernas y mi cerebro se volvían papilla. A la entrada de la aldea, las nubes, que se habían amontonado oscuras y amenazadoras, sugerían acelerar el paso. Lo hice, sin embargo, igualmente me mojé al recorrer los últimos metros de la plaza, en la cual, frente a la iglesia, se alza mi casa, blanco de las primeras gotazas. Me acogió el frío de una casa vacía y cerrada desde largo tiempo. Sin quitarme el anorak, encendí la estufa de gas que en poco tiempo habría debido volver habitable aquel lugar, o por lo menos así lo esperaba. Me di cuenta, por el contrario, que hay un frío que, si nos penetra, es una bestia difícil de ahuyentar. Por lo tanto, sin comer, algo muy extraño para mí, sin leer ni siquiera una página de la novela que había llevado conmigo, me fui a la cama. Aquella noche dormí bien, ¡quién sabe! gracias al ruido de la lluvia, constante, monótono y soporífero o quizás gracias al cansancio profundo que me había invadido. Solo sé que por la mañana me levanté en forma y, sobre todo, con mi cabeza más disponible a razonar. En la aldea hay una única tienda con una licencia de hipermercado y las dimensiones de un ascensor, o por lo menos eso parece, quizás porque casi todo el espacio está ocupado por la mercancía más variada: bombonas de gas y cuadernos, botellones de vino y velas, fósforos y material higiénico. Juan, el dueño, un hombrón bueno y paciente, está dispuesto a volcar su tienda para encontrar lo que quiere el cliente, aunque sea un clavo. Compré pan, que llegaba cada mañana desde el pueblo de más abajo, leche recién ordeñada y pregunté a Juan si aún tenía, escondido para pocos privilegiados, un tarro de aquella miel virgen producida por un campesino conocido en el pueblo con el apodo de “Cuartito” que no necesita explicaciones. Luego en casa encontraría bastante café para prepararme el desayuno, algo indispensable para empezar bien la jornada. Juan desapareció. Entonces me acordé de que había conocido a Lola precisamente en la tienda de Juan. Era media mañana y había comprado un generoso trozo de pan con aceite y sal cuando oí tras de mí una voz joven: “¿El último trozo?” Me di la vuelta y ví a una morenita sin maquillaje, su rostro tenía una expresión de decepción infantil. “¡Lo siento!”, y enseguida tuve una idea: “¡Podemos compartirlo!” La taberna de Ramón era el lugar más frecuentado de la aldea por habitantes y veraneantes, más frecuentado que la iglesia que se erguía enfrente, ¡verdad! Comimos, y bebimos dos vasos de vino que Lola pretendió ofrecerme, pese a quién pese. Nuestra amistad empezó así, yo con mis treinta y cinco años, y ella que había dicho tener poco más de veinticinco. Desde entonces, nos volvimos inseparables y, en cosa de unos días, ella dejó la posada y se trasladó a mi cuarto de huéspedes. Lola tiene la afición de la pintura y, paseando conmigo observaba ensimismada, a lo largo de senderos, el paisaje que inmortalizar. Una vez conduje a Lola a un lugar muy especial, escondido por una espesa vegetación. En un claro, cerca de dos peñascos ciclópeos, surge una minúscula iglesia abandonada, cuyo campanario, derruido por el techo lo había desfondado. La campana, lanzando sus últimos lamentos desoídos, había rodado quebrada sobre el suelo sucio, como se podía ver a través de las ventanas sin vidrios. Al final del siglo XVIII las dos rocas se habían separado de la montaña rodando amenazadoras hacia el valle, en dirección a la aldea donde habrían hecho mucho daño a cosas, animales y personas. Inesperadamente su carrera se paró, la aldea fue salvada y los habitantes, considerándolo un milagro, construyeron la iglesia con sus propias manos, la dedicaron a la Virgen y desde entonces la aldea tiene un nombre: Las piedras. El estado del pequeño edificio demuestra, sin el menor asomo de duda, la caducidad de la “eterna” gratitud humana. De todos modos aquel lugar tiene algo mágico y allí, en un alto durante el trabajo… una mirada… nuestras manos se unieron… y… ¡Extraño! La intensidad de nuestra relación permaneció siempre igual, lo que cambió fueron los sentimientos: desde lo profundo del corazón la amistad se transformó en amor, la estima permaneció pero generó la ternura, el placer de estar junto a ella se volvió pasión. Los sentimientos de hecho se multiplicaron acompañados por un revoltijo de emociones. Desde entonces nuestra vida cambió, todo era visto bajo una luz diferente, como si los colores de la vida se hubieran vuelto más luminosos. Desde entonces Lola inesperadamente me envolvió en la búsqueda de nuevos sujetos pictóricos: rincones, encuadres y atmósferas tenían que satisfacer tanto a ella como a mí. La señal de nuestra sincronía era una magia, un olor que nos envolvía simultáneamente: olor a musgo, a madera, a hierba recién cortada. En el campo, por la mañana, Lola dibujaba un boceto, yo tras ella miraba sus rasgos leves y briosos que separaban la luz y la sombra, el primer plano en el marco de las montañas, una mancha de color de otra. Luego, por la tarde, en el desván invadido por el color caliente y antiguo de la luz que entra por una ventana de vidrios polvorientos, Lola, como si hubiera tenido una fotografía en su cabeza, daba color y vida a su obra, sin olvidar un tono, un rayo de luz, un reflejo. Yo la miraba escuchando música, que ella, atareada por el dibujo ni siquiera oía. Sus cuadros, por lo menos aquellos que pintó entonces, contaban un mundo coloreado, como si incluso las sombras hubieran asimilado la tonalidad de aquello que las generaba, pero fuerte como árbol que, salido de una pequeña mancha de tierra rodeada por las rocas de un despeñadero, se tuerce hacia el cielo, hacia la luz y la vida. No todos los días íbamos a pasear. A veces porque, transcurrida la noche hablando acerca de los más diferentes asuntos, nos adormecíamos de madrugada, para luego dormir hasta el comienzo de la tarde; a veces porque, por la mañana, nos dábamos cuenta, por el olor que subía de la taberna y penetraba por nuestra ventana, que Ramón estaba cocinando una de sus, a decir verdad numerosas, especialidades. No necesitaba salir de casa para reservar: nos mirábamos a los ojos y riendo nos lanzábamos hacia la ventana desde la cual gritábamos al unísono y de un tirón “Ramón-una-mesa-y-dos-porciones-abundantes-para-las-dos-y-media”. Cuando Lola no pintaba escuchaba conmigo música para guitarra clásica, la música es mi dominio: amo y logro hacer amar la de los períodos clásico y romántico. El balcón está orientado hacia Este y en las horas de la mañana podíamos tomar el sol escuchando notas inmortales. Para llevar su equipo había hecho a Lola, gracias a mi innata manualidad, una mochila donde poner la cajita de colores, el lienzo y también el caballete. Para estrenarla conduje a Lola a la fuente del torrente que cruza nuestro pequeño valle para desembocar en el río del valle principal, cerca del puente romano. Aquel torrente sin nombre le gustó mucho, sobre todo por la variedad de su recorrido. El mismo torrente que cruza la aldea rápida y ágilmente serpeando entre piedras lisas, río arriba donde el cauce es más ancho se relaja recorriendo largos trechos serenos y al final, mejor, al comienzo, cerca del manantial, vuela emocionante la cascada. El ruido del agua que mana de la fuente, una hendidura entre las rocas, es una invitación a coger aquel don precioso de la naturaleza y saborearlo como la mejor de las bebidas; invitación imposible de rechazar después de tres horas de camino. Regresamos por la tarde y después de una rápida cena nos fuimos a la cama. El día siguiente dormimos toda la mañana para descansar de la fatigosa excursión. Como de costumbre por la tarde Lola remató su obra que esta vez hablaba del frío característico de aquella altitud bien representada por la línea que separa la última vegetación de la montaña yerma. De repente, aquella noche, un tiempo de perros cayó sobre el valle, yo dormité unos minutos escuchando el ruido de una lluvia torrencial y solo luego me acordé de mi coche. Había aparcado mi Dyane desde hacía semanas cerca del cementerio ¡con el techo abierto! No sabía si reír o llorar; frente a Lola que me miraba sin comprender, me vestí de prisa y, sobre los pantalones y el jersey, me calcé las botas de goma y me puse un traje de neopreno que utilizaba años atrás y que había traído desde Valencia porque no sabía donde ponerlo en mi piso de dos habitaciones. Pocos minutos después si alguien hubiera mirado por la ventana, habría visto a un participante de la American’s Cup cruzar a la carrera la plaza de noche. Naturalmente mi coche parecía una piscina: cerré el techo, proponiéndome para el día siguiente… no sabía que cosa. El regreso recorrido despacio fue incluso agradable. El espectáculo atmosférico entre lluvia a trechos casi horizontal por el viento, relámpagos y truenos fue fascinante, también cuando faltó la corriente y toda la aldea cayó en la oscuridad. Parece locura pero era muy bonito caminar en las tinieblas de vez en cuando interrumpidas por los rayos, única luz que permitía ver la dirección. A llegar a casa, dejé el traje abajo en el vestíbulo y subí. Me acogió Lola a la luz de una vela con una taza de té hirviendo que calentó mis manos antes y después, desde el interior, todo mi cuerpo. El mal tiempo continuó por unos días, sea también con algunos momentos de mayor tranquilidad, y sin alcanzar nunca más la intensidad de la primera noche. Por mucho que fuera fastidioso no poder salir a la calle, aproveché la ocasión para jugar a back gamón con Lola, un pequeño campeón, brindándole así la ocasión para mostrarme su superioridad y tomarme el pelo en una atmósfera de alegría nutrida ¡diablos! también por el vino tinto de Ramón, del cual había hecho abundante provisión. Momentos tan felices no deberían nunca tener término. La ilusión provocada por la euforia de la beatitud, es peor que la alcohólica y causa un despertar mucho más penoso. Una mañana, cuando ya habíamos abandonado las esperanzas, nos despertó el sol y mi primer pensamiento fue para mi pobre coche. Esperaba que aún no se hubiera convertido en un criadero de caracoles, ya que tenía necesidad de calor y de ventilación. Durante el recorrido hacia el cementerio ví que todas las mujeres refrescaban sábanas y mantas tendiéndolas en las ventanas. Toda la aldea parecía estar inmersa en una conmemoración de la edad media con la exposición de paños de todos los colores. Había dejado a Lola en la cama, y por cierto ahora nuestro edredón hacia gala como los otros. Ella, sin falta, estaba volviendo a ordenar la habitación después de nuestra permanencia forzada en casa. Primero cambié de lugar el coche, a empujones naturalmente porque sentarse habría sido una locura, lo coloqué lejos de los árboles para darle todo el sol que fuera posible, abrí el techo y todas las puertas, y esperé tener suerte. Volvería por la noche para cerrar todo. Durante unos días nos quedamos en la aldea, Lola no tenía ganas de pintar, no tenía ganas de nada, ahora me doy cuenta que algo se estaba alterando pero entonces no comprendí, pensé en un malestar pasajero y, como de costumbre, condescendí a lo que parecían caprichos de un niño. Dormíbamos toda la mañana, comíamos y solo por la tarde salíamos de casa. Detrás de la iglesia hay un pequeño parque infantil que tiene en el centro un monumento a los caídos inspirado en la estupenda fotografía de Robert Capa, la del miliciano golpeado hasta la muerte. De una abertura en la falsa roca bajo la estatua, una cascadilla representa la vida que resurge del sacrificio. En la totalidad nada tenía que ver con el dramatismo de la foto, solo un feo monumento en el lugar menos apto. Por la tarde el jardincito estaba alegrado por los niños que jugaban corriendo como locos entre columpios y toboganes, indiferentes a la retórica conmemorativa, no por falta de respeto sino por un talante característico de aquella maravillosa edad: vivir al día, teniendo aún demasiado poco pasado que recordar y solo vagos proyectos para el futuro. Horas y horas pasadas leyendo, mirando a los niños, hablando poco. Pero aquel miércoles Lola pareció volver en sí; estaba alegre, vivaz, sonriente. Toda la mañana volvimos a mirar comentándolos uno a uno sus cuadros; después de una alegre comida, quiso volver a ver aquel trecho del torrente ancho y sosegado, y ahí transcurrimos la tarde mirando las nubes y compitiendo para buscar, en ellas, rasgos humanos o perfiles de animales. Felices, por la noche nos fuimos a la taberna de Ramón para festejar la recuperada alegría, pero al final de la cena Lola me anunció su regreso a Madrid, de repente comprendí que su recobrada despreocupación era tan solo el resultado de una resolución tomada. No tuve la fuerza de hablar, solo una boba sonrisa en mis labios. Ahora, volviendo a pensar en muchas cosas que había dicho Lola, a las cuales entonces no había dado importancia, me doy cuenta de que su vida es como el vuelo de una mariposa, una línea quebrada que parece no llevar a nada pero, en la realidad, es coherente con su carácter y sus inagotables ganas de vivir. Estimulada por su irrefrenable necesidad de absorber aquí y allá todo lo posible de la esencia de personas y cosas. Lo que para ella había sido solo un amor sincero pero juvenil y pasajero, yo lo había creído maduro y definitivo. Durante toda la mañana siguiente, Lola recorrió hiperactiva la casa: llenó un bolso de mano con su ropa y la mochila que le había hecho, con su equipo para pintar. Quiso proceder a solas a empaquetar sus cuadros, tarea que la retuvo mucho tiempo en el desván. Durante toda la mañana yo escuché música sin prestarle atención mientras en mi cabeza vacía remolinaban pensamientos confusos. Lola cocinó algo simple y después de la comida, cansada por la frenética actividad, se fue a la cama, mientras yo preferí irme de paseo por la aldea y sus alrededores. Al regreso pasé por la taberna para pedir a Ramón que preparase una cena muy especial porque, contra viento y marea, quería despedir a Lola dándole las gracias por lo que me había dado en aquellos días. Durante la cena la miré fijamente todo el tiempo porque deseaba grabarme en la memoria para siempre su cara con todas sus expresiones. Sabía que no obstante lo que nos habríamos dicho, nunca volveríamos a vernos. En la mesa Lola no dejó de hablar, de elogiarme por mi hospitalidad y mi ternura, por todo lo que había hecho por ella; comprendí entonces que todo esto significaba dos cosas: nuestro encuentro había sido importante también para ella y su locuacidad escondía una cierta dosis de incomodidad. Volvió a casa algo bebida y de repente se durmió. A la mañana siguiente fui a coger el coche y al volver encontré a Lola que me esperaba debajo de casa con el bolso, la mochila y los cuadros; mientras ponía el equipaje en el maletero, Lola me pidió que la esperase y subió a casa unos minutos. A lo largo del declive, como yo había previsto, juramos vernos lo más pronto posible y cerca del puente romano buscamos incluso un motivo para reír con placer cuando nos percatamos de que teníamos nuestros traseros mojados: ¡los asientos aún no estaban secos completamente! Por suerte, llegamos junto con el autobús de modo que los saludos fueron rápidos: un abrazo. Lo inútil ya nos lo habíamos dicho. Aparqué cerca del cementerio, crucé toda la aldea sin curarme del espetáculo que iba oferciendo por mis pantalones rociados y subí a casa. Lo que ví aceleró los latidos de mi corazón: en el lugar más alumbrado del comedor Lola había colgado el cuadro de la pequeña iglesia de las rocas: por primera vez, en los últimos días, lloré.

“¡Violeta… Violeta!”: la voz fuerte de Juan que me estaba llamando interrumpió mis pensamientos. “¿Sí?” pregunté. “Me has pedido un tarro de la miel de “Cuartito”, ¡ahí está!, pero lo siento: unos paquetes recién llegados estaban precisamente delante del armario donde lo guardo y me han hecho perder tiempo, ¿estás aburrida por la espera?” “No te preocupes, me estaba haciendo castillos en el aire” Juan, que siempre era un vacilón con las mujeres, no comentó. “¿Quieres otro, guapa?” “No gracias” “¿Ni siquiera un trozo de pan con aceite y sal?”